viernes, 22 de mayo de 2015

Patrick Kavanagh -A la mierda con el sentido común

Patrick Kavanagh, Irlanda, Inniskeen, 21 de octubre 1904 – Dublin, 30 de noviembre 1967
Versión Santiago Espel



A la mierda con el sentido común

Más golpes que propinas
obtenemos del sentido común.
En su puerta una sentencia:
“Abandona toda esperanza”.
Es un banco capaz de renunciar
a un cheque firmado por el Espíritu Santo.
Por eso a la mierda
con todo lo razonable,
incluidos los poemas.
No queremos ningún tipo de saber
amasado por concienzudos sabelotodos.
No encontrarás ni siquiera musgo
en las piedras rodantes.
Ningún pensamiento
modificará el aleteo de la luz.
Dejá que desgasten los nervios
y la osamenta
aquellos que eligen ese camino, al final,
al despertar sacudidos, se quedarán sin nada.
Yo tengo una sensación:
a través del buraco del techo de la razón
podemos alcanzar el conocimiento
sin haber pasado siquiera por la universidad.






miércoles, 20 de mayo de 2015

Edgard Allan Poe -El cuervo

Edgard Allan Poe, Boston, 19 de enero 1809 – Baltimore, 7 de octubre 1849
Traducción Julio Cortázar 



El cuervo

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos.  Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir graznando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” — exclamé —, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! — exclamé —, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!




lunes, 18 de mayo de 2015

Walter Iannelli -Retrato de un tipo odioso


Walter Iannelli, Haedo, Bs As, 26 de febrero 1962 – CABA, 14 de marzo 2014



Retrato de un tipo odioso

Un tipo odioso, cuando va al almacén
pide 200 de jamón y 100 de queso
porque el queso es placer y el jamón alimento.

Un tipo odioso jamás va a tener un auto que en relación resulte
más importante que la casa
y fumará de garrón sus propios cigarrillos
si es plata que ahorró de evitar el taxi.

Un tipo odioso podrá portar una barbita triangular
como esos sátiros intelectuales
que de noche salen a corretear jovencitas.
Pero si no tiene barba será de más cuidado:
a la luz querrá todo de la carne
y cuando aquella se apague saldrá a hacerse el intrigante
con una valija colgada al hombro requisada en una tienda
de coreanos.

Un tipo odioso no entenderá ninguna discusión importante
ni alocución que merezca términos abstractos.
Sin embargo contestará a cada una de las requisitorias
con el aplomo del que se regocija de no tener certeza de nada.

Se preguntará cómo todas las mujeres
son hermosas y los tipos sabios.
Cómo catzo un protón se convierte en luz
cómo la luz viaja tan rápido
cómo el rápido a Liniers tarda tanto
cómo lo tanto nunca alcanza a ser el todo
cómo el todo es tanta nada junta
y mantendrá la mirada entre un horizonte imposible
y el borde de la mesa
con la esperanza de que ciertas señoras se mojen un poquito
y los hombres crean que está pensando en algo definitivo
e insoslayable.

Sin embargo es casi seguro que el tipo odioso
sólo sufre.
Le preocupan la moratoria de Arba
el coste de la carne
el viagra y el ibuprofeno
el premio Nobel
el concurso de poesía de Villa Ortúzar
el asesino de la esquina y la minifalda de la panadera
la basura que acaba de dejar en el tacho.
Y si tiene hijos llorará todas las noches
porque aún no cree en este mundo.

La gente lo verá por la calle para señalarlo con el dedo:
Acreedores, ex amigos, clientes de viejos rebusques
compañeros ocasionales de tuca, sauna y billar a tres bandas.
El no reconocerá a nadie, no por falta de memoria.
Un tipo odioso es despistado, egoísta y camorrero.
Está más interesado en ponerle el pie al mundo que
en pararse a charlar con el diariero de la esquina.
Sin embargo odia el panfleto
y se la pasa diciendo que es capaz de doblar al medio cada palabra
para ver si adentro tienen
otro jugo
para ver si saltan como conejitos sus corazones de mentira.

Un tipo odioso parecerá Impresentable
Aparatoso
Irresistible
Irreductible
Y amará a los animales que copulan en la calle
ellos le recordarán cuánta mierda le ha caído encima
como para necesitar aire acondicionado
y música de Air Suplair
para echarse un polvo.

Un tipo odioso
finalmente
espiará por la ventana del cuarto piso soñando con el césped
puteará al césped por tener que cortarlo
cortará el pastito añorando los sillones de estilo
y se levantará del capitoné ecológico  con cariátides del siglo XVIII
para suspirar en la ventana
por el yuyal del linyera de planta baja que
matea en camiseta en una reposera oxidada.
(deseo desplazado, que le dicen)

Un tipo odioso arreglará siempre sus propios instrumentos:
los rulemanes del lavarropas
los cables pelados
el piano desafinado
los estantes del baño
la estufa
el calefón
con la convicción de que Dios ha pecado
por hacerlo tan perfecto.
Y cuando acepte al fin al service del televisor
o el plomero evite que la inundación de su baño ahogue al cocker del vecino
los sacará poco menos que a patadas en el culo
por querer cobrar 50 pesos por lo que a él le hubiera llevado
apenas
14 años en la facultad de ingeniería.

Un tipo odioso siempre estará al pedo
o tendrá veinte veces ocupado el mismo horario un mismo día.
Su agenda será como una tabla ouija o un viejo papiro deshilachado.

Un tipo odioso dará siempre en el clavo
porque el clavo está en la punta del martillo
y no en su mano.



sábado, 16 de mayo de 2015

Jorge de Sena -Nociones de Lingüística

Jorge de Sena, Lisboa, 2 de noviembre 1919 – California, 4 de junio 1978
Versión Santiago Espel



Nociones de Lingüística

Escucho a mis hijos hablar en inglés
entre ellos, y no sólo a los más chicos,
también a los mayores cuando conversan
con los más pequeños.
No nacieron acá, se criaron todos
con la música de la lengua portuguesa.
Sin embargo hablan en inglés,
y no sólo serán americanos
sino que ya se han disuelto, y siguen
disolviéndose en un mar ajeno.
No me vengan con los misterios de la poesía
ni de las tradiciones de una lengua,
de una raza, no me digan que hay cosas
que sólo pueden expresarse desde la experiencia
de un pueblo y una lengua.
Idioteces: las lenguas
que duran siglos y apenas sobreviven
fundidas en otras, mueren todos los días
en el balbuceo
de aquellos hombres que las heredaron
y son tan inmortales que en pocos años
las suprimen de la boca disuelta,
en favor de otra raza y de otra cultura.
Tan metafísicas, tan intraducibles
que se derriten, no en los altos cielos,
sino en la mierda cotidiana de las otras.







jueves, 14 de mayo de 2015

Alejandra Mendé -De que pague el sí mismo el correlato de su historia

Alejandra Mendé, CABA, 14 de mayo 1956


De que pague el sí mismo el correlato de su historia

No me colonizó Berlín, ni Munich,
no me gustan las hamburguesas y me complica
la escuela de Frankfurt.
No mide las palabras, el habitante de Nuremberg.
Me espantan las diéresis y el temblor de tu mano. La estrechez.
Tu palabra caída de tanto justificar... y no hay perro
que muerda tu hueso de culpa. Y no es mi nombre
tu arcano, ni tu talento. Aquí estoy gato, pétalo,
esponja en una o varias noches en las que te creí.
Cielo ausente. Cielo imbécil y desprevenido que
te ahogas, que te sé y te puedo responder aún y más,
pueblo extranjero de historias bélicas, no veo muda,
te abstengo de tu nacionalismo informe, mentiroso,
embriagado de vos. De lo que digan de vos,
de lo que cuelgue en cada puerto de tu gesto,
desorientado y fofo. Porque tengo un talento
asombroso para devorar fragmentos.
No me colonizó tu esquema, ni tu artillería de muerte.
No me gusta la colonia de Koln, ni las estancias de Mainz,
ni el puerto dónde los viejos usan bermudas descoloridas.
La belleza, ay, ay, ay, su belleza no tiene lugar
en tu boca, ni hoy, ni ayer, ni todavía.

martes, 12 de mayo de 2015

Raúl Gustavo Aguirre -Por último

Raúl Gustavo Aguirre, Buenos Aires, 2 de enero 1927 – Buenos Aires, 18 de enero 1983


Por último

Haber dejado una moneda de fuego en la mano de otro,
haber atado ciertos hilos de amor y resplandor,
haber perdido algo
al salir de la casa vacía.
Haber estado. Haber acompañado,
haber estado complicado con el viento que siempre tiene razón,
con la tierra y el agua y con la hierba que siempre tienen razón.
No haber cumplido años lejos de sí mismo,
no importa si de rodillas o en medio del pantano pero cerca de sí,
o entre asuntos pendientes o torcidos desde el comienzo,
pero masticados con tus dientes.
No importa ser un objeto más o menos clasificable despreciable por los que deciden,
no importa ser superado, masacrado, tergiversado, desmentido,
con todo eso se hace la verdad.
No importa ser interrumpido
si estás al pie del árbol gigante en el día sin fin,
al pie del árbol de piedras preciosas del sueño que sólo pertenece a los hombres,
y si has podido hablar con esas piedras
y acompañar hasta su casa a alguien
en un momento duro de la noche (y vivía tan lejos).
No importa que no haya solución para nadie ni perdón para nadie,
ni si al fin estás solo en las salinas de la madrugada
haciendo todo lo posible para que salga el sol,
para que esos rostros queridos no se hundan en los rápidos de la nada
que acecha tanta maravilla.




domingo, 10 de mayo de 2015

Hans Magnus Enzensberger -La huida a Egipto. Escuela flamenca, 1521

Hans Magnus Enzensberger, Kaufbeuren, Alemania, 11 de noviembre 1929
Traduccion Heberto Padilla



La huida a Egipto. Escuela flamenca, 1521

Veo al niño que juega entre el maíz
y no ve al oso.
El oso abraza o asalta a un campesino.
Ve al campesino,
pero no el cuchillo
que tiene clavado en la espalda,
es decir, en la espalda del oso.
Allá en la montaña están los restos
de un hombre sometido a la rueda;
pero el trovador que pasa
no los ve.
En cuanto a las dos legiones
que avanzan una sobre otra
por la alumbrada pradera
—me ciega el brillo de sus lanzas—,
ninguna ve al gavilán dando vueltas sobre sus cabezas,
observándolos con ojo frío.
Distingo en primer plano los hilos de moho
que cuelgan de la viga del techo,
y en la distancia
percibo al mensajero galopando.
Debe de haber surgido de una cañada.
Nunca llegaré a saber
cómo es esta cañada por dentro;
pero la imagino húmeda,
muy húmeda, y llena de sombras.
En el centro del cuadro, me ignoran
los cisnes en el lago.
Veo el templo al borde del abismo,
el negro elefante
(¡qué extraño es ver un elefante negro en campo abierto!)
y las estatuas, que observan desde sus ojos blancos
al cazador en el bosque,
al barquero y la conflagración.
¡Cuánto silencio hay en todo esto!
A lo lejos, en las encumbradas torres
de raros alféizares,
veo parpadear a las lechuzas. Oh, sí,
puedo ver bien todas estas cosas,
pero ¿cómo distingo lo importante
de lo que no lo es? ¿Cómo puedo adivinarlo?
Aquí todo parece evidente,
igualmente claro, necesario
e impenetrable.
Desde mi profundidad, perdido en mis propias inquietudes,
al igual que esas lejanas ciudades allá,
y como esas otras ciudades, más azules aún
y más distantes, que se disuelven
entre otras visiones,
otras nubes, legiones y monstruos,
continúo viviendo. Me marcho.
Todo esto lo he visto, pero no puedo ver
el puñal clavado en mi espalda.