sábado, 10 de diciembre de 2016

Eugenio Mandrini -Imágenes para una carta de amor en invierno

Eugenio Mandrini, Bs As, 16 de diciembre 1936


Imágenes para una carta de amor en invierno

¿Qué hiciste del deseo que apretabas
en los dientes como una presa?
Deberías imaginarme extendidos los brazos
a la espera de tu sombra de lámpara
o tu cabellera negra que iniciaba la noche
Ver como te desnudabas
era un acto de resurrección donde
el aire, el ojo, el latido, el tiempo, se paralizaban;
luego, al acariciarte, se encendía el otro cielo,
el de un infierno perdurable, en el que iríamos
a yacer hasta dorarnos
Vuelve
Es invierno, y si vuelves,
habré olvidado al exiliado que soy debatiéndose
como pez en el anzuelo del frío
Libérame del estupor de estar viendo,
nítido en la sombra, el límite del fin, mientras
el viento raspa la puerta
y siembra miedo en los espejos
¿O será que saciado está
el ciego animal de tu hambre? Acabo de pedirle a la escalera
que me devuelva la rima de tus pasos, y a los ruidos
de la noche que se congreguen
en tu nombre, y tu nombre se oiga, exaltado,
como un coro de Verdi
Vuelve
La soledad es un ciego palpando un eclipse
La soledad es el gato negro de Poe que oscurece
el fuego de los tigres
La soledad es un dios sordo que no sabe gozar
de los rezos del mundo
¿A qué, entonces, tanta soledad
si ya la elevaste a multitud?
Vuelve
A veces, al mirarnos desnudos, brotaba
de los ojos una luz de incendio que hacía retroceder
a los muebles; otras veces, siempre desnudos,
permanecíamos tensos y graves, como en un concierto,
creyendo escuchar los movimientos
de la sangre. Eran nuestros modos
de detener al tiempo, ese bárbaro que pasa dejando
solo rastros de perdición
Vuelve No me hagas escribir que
el amor termina siempre refugiándose en sí mismo
como un ovillo de silencio
y que su secreto es desear morir,
después de haberse llevado todo como el río,
y dejarnos sin saber para quién
humeará de nuevo: acaso
para el viento que todo lo abate
No demasiado tarde
vuelve,
vuelve
¿Pero adónde irías a volver si nunca
nos hemos conocido?
Solo son imágenes
para una simulada carta escrita
en una de esas tardes de un desnudo invierno
frío y solitario como todos.


jueves, 8 de diciembre de 2016

Bertolt Brecht -Visita a los poetas desterrados

Bertolt Brecht, Augsburgo, 10 de febrero 1898 – Berlín, 14 de agosto 1956
Traducción Vicente Romano


Visita a los poetas desterrados

Cuando, en sueños, entró en la cabaña de los poetas desterrados,
situada junto a la que habitan
los maestros desterrados -de ella le llegaron risas y discusiones-,
apareció en la puerta Ovidio y le dijo bajando la voz:
«Mejor que no te sientes todavía. No has muerto aún. Quién sabe
si todavía volverás a casa.
Y sin que cambie nada sino tú mismo.»
Pero, con una mirada consoladora,
Po Chu-i se acercó y, sonriendo, dijo:
«El rigor se lo ha ganado todo el que citó una sola vez la injusticia.»
Y su amigo Tu-fu dijo, tranquilo:
«¿Comprendes? El destierro no es el lugar donde se olvida la soberbia.»
Pero, más terrenal,
se acercó el andrajoso Villon y preguntó:
«¿Cuántas puertas tiene la casa donde vives?»
Y Dante, lo tomó del brazo,
le llevó aparte, murmurándole:
«Esos versos tuyos están llenos de imperfecciones,
amigo: piensa
que todo está contra ti.»
Y Voltaire le gritó desde lejos:
«¡Preocúpate del dinero o te matan de hambre!»
«¡Y mezcla alguna que otra broma!»,
gritó Heine. «Es inútil»,
gruñó Shakespeare. «Cuando llegó el rey jacobo tampoco
yo pude escribir más.»
«Si llegas al proceso, búscate un sinvergüenza de abogado»,
clamó Eurípides,
«porque él conocerá los agujeros de la red de las leyes».
La carcajada duraba todavía, cuando de un oscuro rincón
llegó un grito:
«Eh, tú, ¿también se saben
de memoria tus versos?»
«¿Y se salvarán de la persecución los que se los saben?»
«Ésos», dijo Dante en voz baja,
«son los olvidados. No sólo
los cuerpos, sino también las obras les destruyen.»
Cesaron las risas. Nadie se atrevía a mirar.
El recién llegado se había puesto pálido.

martes, 6 de diciembre de 2016

Mercedes Roffé -Paisaje

Mercedes Roffé, Buenos Aires, 23 de junio 1954


Paisaje

Composición (predominantemente) natural
con cierta intención o co(i)nci(d)encia estética
armónica o naïve, romántica o siniestra
vívida o espectral
abigarrada o escueta
--donde la o no excluye: acumula--
en todo caso
pampa con árbol
mar en tempestad
regadío suizo con tractor al fondo
muralla almenada y en sesgo, en ojival recuadro
campo verde ondulado y caserío
roca roja
tierra negra de hulla
hierro
alquitranada autopista
verde olivar intenso / troncos de un marrón calcinado
vaca
puesta de sol
--sobreimpresa quizás
un poco demasiado cerca mi cara
en el cristal--
nubes, nubes
manada morosa por el llano azul
y abajo
como una tela marcada por un sastre
--punto flojo--
trapecios de tierra arada
amarillo reseco
terracota
gris
asfalto
un poco más: granito


¿y el desierto?
¿y las montañas negras como lobas?
¿y las cumbres nevadas, borrascosas?


¿y qué del sueño? ¿y qué
del día que empieza? ¿y qué del resignado
perfil del que termina?


¿Y de los otros,
lunares y estelares, oníricos, suprarreales, submarinos...?
Cuevas de hielo azul y malaquita
horizonte en los ojos del zorro husmeando la próxima presa
o corte vertical del vientre del planeta
¿Y qué de la ciudad? ¿qué
de la reina picuda? Aristas, filos, sombras, puntas de alfiler
y al borde el río
O acaso se ha de tomar à la lettre
aquello de
"verde y arbolado
campestre o inter-
estelar"
        —la o no excluye, ni acumula; quizás sea sólo
el resabio
de un gesto de sorpresa demasiado
conciente de sí mismo


paisaje del
país que lleva adentro
oh nido pasajero



pasa seca / muy mayor

peisaj éxodo / a través de los caminos

pisa acción de pisar / porción de aceituno o uva que se estruja de una vez en el molino o
lagar / zurra o tunda de patadas o coces / Germ. casa de mujeres públicas; mancebía

pasaje transición / camino estrecho, oscuro

peaje precio

paja

pija miembro viril / cosa insignificante, nadería

asia

paje

peje pez, pescado / hombre astuto y taimado

pesa

pase

    —Pase
   (una puerta al vacío)








Foto Fréderiqué Longrée







domingo, 4 de diciembre de 2016

Ricardo Ruiz -susurra y borda...

Ricardo Ruiz, Bs As, 16 de noviembre 1953


Cerca de un manantial una no tiene sed,
cerca de una hermana no desespera.
Nü Shu / Lenguaje de Mujeres
Dinastía Tang (618 – 907) – 2005.


susurra
y borda
escritura
de pequeños pies
un decir
se repite
entre mujeres
lame
de una isla a otra
de un labio a otro
dolor plegaria
saliva
del destierro
del odio del amor

¿una suave tormenta
detrás? ¿del amo
inversa caligrafía?
¿tambalea? ¿canta
la mañana que no llega?

así
de una a otra
isla plegaria
entre mujeres
de pequeños pies
tambalea
un decir
detrás
del destierro
se repite
lame
de un labio a otro
saliva del dolor
tormenta escritura
del dolor del odio
borda la mañana
que no llega
y susurra

viernes, 2 de diciembre de 2016

Jean Genet -El condenado a muerte

Jean Genet, París, 19 de diciembre 1910 – París, 15 de abril 1986
Versión Lino Mondino


El condenado a muerte

El viento que en los patios arrastra un corazón;
un ángel que solloza suspendido de un árbol,
la columna de azul que envuelve el mármol
alumbran en mi noche salidas de emergencia.

Un pájaro que muere y el sabor a ceniza,
el recuerdo de un ojo dormido sobre el muro
y el dolorido puño que amenaza el azul
al hueco de mis manos hacen bajar tu rostro.

Ese rostro más duro y sutil que una máscara,
más cargado en mi palma que en los dedos del ladrón
la joya que se embolsa, anegado en llanto.
Es feroz y es sombrío y el laurel lo corona.

Es severo tu rostro como el de un monje griego.
Trémulo permanece en mis manos cerradas.
De una muerta es tu boca y rosas tus ojos,
y tu nariz, quizás, el pico de un arcángel.

La brillante helada de un perverso pudor
que empolvó tus cabellos de astros de limpio acero,
que coronó tu frente de espinas de rosal,
¿Qué revés la fundió cuando tu rostro canta?

¿Qué fatalidad, centellea en tu mirada
con despecho tan alto, que el más cruel dolor,
visible y descompuesto decora tu bella boca
pese a tu llanto helado, de una sonrisa fúnebre?

No cantes esta noche “Les costauds de la lune”.
Sé más bien, chico de oro, princesa de una torre
que sueña melancólica en nuestro pobre amor;
o pálido marinero que vigila en la lágrima.

Y a la tarde desciende y canta sobre el puente
entre los marineros, destocados y humildes,
el "Ave María Stella". Cada marino blande
su verga palpitante en la pícara mano.

Y para atravesarte, grumete del azar,
bajo el calzón se empalman los fuertes marineros.
Amor mío, amor mío, ¿Podrás robar las llaves
que me abrirán el cielo donde tiemblan los mástiles?

Desde allí siembras, blancos encantamientos,
copos sobre mis páginas, en mi muda prisión:
lo espantoso, los muertos en sus flores violetas,
la parca con sus gallos, sus espectros de amantes.

Con sofocados pasos cruza en ronda la guardia.
En mis ojos vacíos tu recuerdo reposa.
Puede ser que se evada atravesando el techo.
Se habla de la Guyana como una tierra cálida.

¡Oh el dulzor de la cárcel lejana e imposible!
¡Oh el indolente cielo, el mar y las palmeras,
las límpidas mañanas, los crepúsculos calmos,
las cabezas rapadas, las pieles de satén!

Evoquemos, Amor, a cierto duro amante,
enorme como el mundo y de cuerpo sombrío.
Nos fundirá desnudos en sus oscuros antros,
entre sus muslos de oro, en su cálido vientre.

Un macho deslumbrante tallado en un arcángel
se excita al ver los ramos de clavel y jazmín
que llevarán temblando tus manos luminosas,
sobre su augusto flanco que tu abrazo estremece.

¡Oh tristeza en mi boca! ¡Amargura inflamando
mi pobre corazón! ¡Mis fragantes amores,
ya se alejan de mí! ¡Adiós, huevos amados!
Sobre mi voz quebrada, ¡adiós minga insolente!

¡No cantes más, chico, dejá ese aire apache!
intenta ser la joven de luminoso cuello,
o, si el miedo te deja, el melodioso niño,
muerto en mí mucho antes que el hacha me mutile.

¡Mi bellísimo lacayo coronado de lilas!
inclínate en mi lecho, deja a mi pija dura
golpear tu mejilla. Tu amante el asesino
te relata su gesta entre mil explosiones.

Canta que un día tuvo tu cuerpo y tu semblante,
tu corazón que nunca lastimarán las espuelas
de un tosco caballero. ¡Poseer tus rodillas,
tus manos, tu garganta, tener tu edad, pequeño!

Robar, robar tu cielo salpicado de sangre,
lograr una obra maestra con muertos cosechados
por doquier en los prados, los asombrados muertos
de preparar su muerte, su cielo adolescente...

Las solemnes mañanas, el ron, el cigarrillo...
las sombras de tabaco, de prisión, de marinos
acuden a mi celda, y me tumba y me abraza
con cargada bragueta un espectro asesino.

La canción que atraviesa un mundo tenebroso
es el grito de un rufián traído por tu música,
el canto de un ahorcado tieso como una estaca,
la mágica llamada de un pícaro enamorado.

Un muchacho dormido solicita las boyas
que no lanza el marino al dormido lunático.
Un niño contra el muro erguido permanece,
otro duerme encogido con las piernas cruzadas.

Yo maté por los ojos de un bello indiferente
que nunca comprendió mi contenido amor,
en su góndola negra una ignorada amante,
bella como un navío y adorándome muerta.

Cuando ya estés dispuesto, alistado en el crimen,
de crueldad cubierto, con tus rubios cabellos,
en la cadencia loca y breve de las violas,
degüella a una heredera tan sólo por placer.

Súbito aparecer de un férreo caballero
impasible y cruel; pese a la hora, visible
en el gesto impreciso de una vieja que gime.
No tiembles, sobre todo ante sus claros ojos.

Del tan temido cielo de los crímenes
de amor viene este espectro. Niño de las honduras
nacerán de sus cuerpos extraños esplendores
y perfumado semen de su verga adorable.

Pétreo, negro granito sobre alfombra de lana,
la mano sobre el flanco, óyelo caminar.
Hacia el sol se dirige su cuerpo sin pecado
y tranquilo te tiende a orillas de su fuente.

Cada rito de sangre delega en un muchacho
para que inicie al niño en su primera prueba.
Sosiega tu temor y tu reciente angustia,
Chupa mi duro miembro como si fuese un helado.

Mordisquea con ternura su roce en tu mejilla,
besa mi pija tiesa, entierra en tu garganta
el bulto de mi verga tragado de una vez,
¡Ahógate de amor, vomita y haz tu mueca!

Adora de rodillas como un tótem sagrado
mi tatuado torso, adora hasta las lágrimas
mi sexo que se rompe, te azota como un arma,
adora mi bastón que te va a penetrar.

Brinca sobre tus ojos; y tu espíritu enhebra.
Inclina la cabeza y lo verás erguirse.
Notándolo tan noble y tan limpio a los besos
te postrarás rendido, diciéndole: “¡Madame!”

¡Escuchame, madame! ¡Madame, voy a morir!
¡La casa está embrujada! ¡La prisión vuela y tiembla!
¡Socorro, nos movemos!¡Unidos llevanos
a tu blanca capilla, Dama de la Merced!

Manda venir al sol; que llegue y me consuele.
¡Estrangula a esos gallos! ¡Adormece al verdugo!
Sonríe maligno el día detrás de mi ventana.
Para morir la cárcel es una pobre escuela.

En mi garganta inerme y pura, mi garganta
que mi mano más suave y formal que una viuda
roza bajo el tejido sin que me conmuevas.
Imprime la sonrisa de lobo de tus dientes.

¡Oh ven, sol hermosísimo, ven mi noche, de España,
acércate a mis ojos que mañana habrán muerto!
Llégate, abre la puerta, aproxima tus manos
Y llévame de aquí rumbo a nuestra aventura.

Despertar puede el cielo, florecer las estrellas,
no suspirar las flores, y, en los prados, la hierba.
Recibir el rocío que bebe la mañana,
Sonará la campana: solo yo moriré.

¡Ven, mi cielo de rosa, mi rubio canastillo!
En su noche visita al condenado a muerte.
¡Arráncate la carne, trepa, muerde, asesina,
Pero ven! Tu mejilla apoya en mi cabeza.

Aún no hemos terminado de hablar de nuestro amor,
aún no hemos acabado de fumar los “gitanes”.
Debemos preguntar por qué razón condenan
a un criminal, tan bello, que empalidece el día.

¡Amor, ven a mi boca! ¡Amor, abre tus puertas!
Recorre los pasillos, baja, rápido cruza,
vuela por la escalera más ágil que un pastor,
más suspenso en el aire que un vuelo de hojas muertas.

Atraviesa los muros, camina por el borde
de azoteas, de océanos; recúbrete de luz,
usa de la amenaza, de la plegaria usa,
pero ven, mi fragata, a una hora del fin.

Se arropan con la aurora los pétreos asesinos
en mi prisión abierta a un rumor de pinares
que la mecen, sujeta a delgadas maromas
trenzadas por marinos que broncea la mañana.

¿Quién dibuja en el techo la Rosa de los Vientos?
¿Quién en mi casa sueña, al fondo de su Hungría?
¿Qué chico ha robado en mi podrida paja
pensando en sus amigos al mismo despertar?

Divaga, ¡oh mi locura!, para mi gozo alumbra
un emoliente infierno repleto de soldados
con el torso desnudo y dorados pantalones;
lanza esas densas flores cuyo olor me fulmina.

De cualquier parte arranca las hazañas más locas.
Desnuda a los chiquillos, invéntate torturas,
mutila a la Belleza, desfigura los rostros
y ofrece la Guyana como lugar de encuentro.

¡Oh mi viejo Maroni!, ¡Oh Cayena la dulce!
Veo los volcados cuerpos de quince a veinte juramentos
en torno al crío rubio que apura las sobras
que escupen los guardianes entre el musgo y las flores.

Un cardo mojado basta para afligirnos.
Solitario y erguido entre tiesos helechos,
el más joven se apoya en sus lisas caderas,
inmóvil y esperando ser consagrado esposo.

Los viejos asesinos se apiñan para el rito.
En la tarde agachados prenden de un leño seco
una llama que roba, rápido, el jovencito
más emotivo y puro que un emotivo pene.

El más duro bandido, de lustrosos músculos,
con respeto se inclina ante el frágil mancebo.
Sube la luna al cielo. Una disputa amaina.
Tiemblan los enlutados pliegues de una bandera.

¡Te arropan con tal gracia tus mohines de encaje!
Con un hombro apoyado en la palmera cárdena
fumas y la humareda desciende a tu garganta
mientras los presos, en danza ritual,

Silenciosos y graves, por riguroso turno
aspiran de tu boca una pizca fragante,
una pizca y no dos, del anillo de humo
que empujas con la lengua. ¡Oh camarada triunfal!

Divinidad terrible, invisible y malvada,
tú quedas impasible, tenso, de metal claro,
sólo a ti mismo atento, dispensador fatal
recogido en las cuerdas de tu crujiente hamaca.

Tu alma delicada los montes atraviesa
acompañando siempre la milagrosa huida
de aquel que se ha fugado, muerto al fondo del valle
de una bala en el pecho, sin reparar en ti.

Elévate en el aire de la luna, mi vida.
En mi boca derrama el consistente semen
que pasa de tus labios a mis dientes, mi Amor,
a fin de fecundar nuestras nupcias dichosas.

Junta tu hermoso cuerpo contra el mío que muere
por darle por el culo a la puta más tierna.
Sopesando extasiado tus rotundas pelotas
mi pija de espada te enfila el corazón.

¡Mírala perfilada en su poniente que arde
y me va a consumir! Me queda poco tiempo,
llégate si te atreves, surge de tus estanques,
tus marismas, tu fango donde lanzas burbujas.

¡Oh, que me quemen, que me maten, almas que yo maté!
Miguel Ángel exhausto, en la vida esculpí,
pero la belleza siempre, Señor, yo la he servido:
mi vientre, mis rodillas, mis anhelantes manos.

Los gallos del cercado, la alondra mañanera,
las botellas de leche, una campana al viento,
pasos sobre la grava, mi celda clara y blanca.
Es alegre la paja en la negra prisión.

¡No tiemblo ya, Señores! Si rueda mi cabeza
en el fondo del cesto con los cabellos blancos,
mi pija para gozo en tu etérea cadera
o, para más belleza, mi pichón, en tu cuello.

¡Atento! Rey aciago de labios entreabiertos
accedo a tus jardines de desolada arena
en que inmóvil y erecto, con dos alzados dedos,
un velo de azul lino recubre tu cabeza.

¡Por un delirio idiota veo tu doble puro!
¡Amor! ¡Canción! ¡Mi reina! ¿Es tu espectro macho
visto durante el juego de tu pupila pálida
quien me examina así sobre la cal del muro?

No seas inclemente, deja cantar plegarias
a tu alma bohemia; concédeme otro abrazo…
¡Dios mío, voy a palmar sin poder estrujarte
en mi pecho y mi verga otra vez en la vida!

¡Perdóname, Señor, porque fui pecador!
Los lloros de mi voz, mi fiebre, mi aflicción,
el mal de abandonar mi muy amada Francia
¿No bastan, Señor mío, para ir a reposar
temblando de esperanza

en vuestros dulces brazos, vuestros castillos níveos?
Señor de antros oscuros, sé rezar todavía.
Soy yo, padre, el que un día a gritar prorrumpió:
¡Gloria al más ensalzado, al dios que me protege,
Hermes del blando pie!

Solicito a la muerte la paz, los largos sueños,
un canto de angelitos, sus perfumes y cintas,
angelotes de lana en tibias pañoletas,
y aguardo oscuras noches sin soles y sin lunas
sobre landas inmóviles.

Esta mañana no es la de mi ejecución.
Puedo dormir tranquilo. En el piso de arriba
mi lindo perezoso, mi perla, mi Jesús
despierta. Y pegará con su dura verga
en mi cráneo rapado.

Parece que a mi lado habita un epiléptico.
La prisión duerme en pie entre fúnebres cantos.
Si ven los marineros acercarse, los puertos
mis durmientes huirán a otra América.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Paula Jiménez España -Baltimore

Paula Jiménez España, Bs As, 23 de agosto 1969


Baltimore

Al ascender al buque
olvidaré aquella escala
donde el mar
atropellaba al inundado
y en las fondas los hombres
se reían
a carcajadas. Rabiosos
como perros contagiados
bajaban a los burdeles,
seleccionaban mujeres
por su color de pelo
o por el tamaño de sus culos,
a toda hora seleccionaban
con un jarro en la mano
espumoso
como sus bocas,
desbordadas como
sus pantalones ya justos
de tanto aguantar
los cinco meses
que esperaban Baltimore.
Han cambiado en esa fonda
tres veces al pianista
pasado por navaja
y ningún hombre
puede sostener ya
una nota en ese puerto.
La sola idea de la sangre
sobre el blanco
de las teclas
o el parquet viejo donde marcan
el ritmo los zapatos,
da escozor a los músicos
del pueblo, y por eso
el futuro muerto
es siempre un viajero.
Mentiría diciendo
que una mujer no puede
ser feliz en Baltimore.
Hablo de mí:
adoré a Dafne en una fonda
de Palermo, “parecés
un marinero de Baltimore”
dijo Mane, y ambas me arrojaron
a las orillas de este cuento.
Una, una vez,
de peluca amarilla
inquietantemente alegre
se cargó al músico
de un puñal en la tráquea.
Pasaron dos horas
y no había hombre
que se le resistiera. No había
hombre que no sintiese
miedo y el miedo
es la antesala
de la pasión. Enloquecían
por ella. Una pantera rubia
recostando su mirada
sobre una barra de madera
donde un barman cazador
la ignoraba y la quería.
La quería
como se puede querer
lo que se ignora.
Alguien bajó la tapa
del teclado y el piano
fue suplantado
por un coro de marinos
alemanes y borrachos
que chocaban entre sí los vasos
hasta pulverizarlos en el aire.
La fiesta y el muerto
duraron tirados en medio de la sala
hasta que el buque
llamó a ocupar los puestos.
Comienza así la pausa
que va de Baltimore
a Baltimore.
Mientras trabajan
colgando sogas enroscadas
en sus hombros
y trepando a los mástiles
sueñan con la próxima
noche y la próxima rubia,
aguardan
cansados ya de un mundo
sin privilegios
donde todos los océanos
idénticos
se iluminan a la misma hora,
presos
de los mismos ruidos,
gozando de una larga abstinencia.
Perturbados
hasta volver a Baltimore


otra vez
a ver morir al mismo músico.



lunes, 28 de noviembre de 2016

Oscar Hermes Villordo -Un niño espía a Emily Dickinson en su jardín

Oscar Hermes Villordo, Machagai, Chaco, 9 de mayo 1928 – Bs As, 1 de enero 1994


Un niño espía a Emily Dickinson en su jardín

Que la mirara un pájaro –hostilmente,
por supuesto, ¿qué hacía allí, la intrusa? -,
no era extraño, de modo que su frente
apenas se alteró, e indiferente
siguió sus ademanes de reclusa.

Ni un pájaro, ni un hombre
(ella, en ese caso, lo sabría)
la están espiando. Un niño es quién la espía
Un niño –la inocencia- , ése es su nombre.

Estaba en su jardín, arrodillada
sobre una capa roja. La mirada
curiosa la seguía entre las flores.
¿Por qué el niño guardó, de los colores,
el color de la capa? La memoria
es frágil, pero fiel. Esta es la historia:
“Estaba en su jardín, arrodillada
sobre una capa roja.” Después, nada.

Nada sino el jardín en donde corta
la memoria inmortal sus flores raras
y al que ella sólo entra. Qué le importa
que pájaros -¿o niños?- con sus caras
se asomen al jardín perecedero.
Ella es Emily Dickinson, y acepta.
Y mientras acomoda en el cantero
el brote por nacer, la tierra yerma,
como una flor perfecta
va abriéndose su alma en el poema.