sábado, 4 de julio de 2015

Fernando Rendón -Duermevela

Fernando Rendón, Medellín, Colombia, 18 de julio 1951

Duermevela
                                              A medida que moría,
                                              me hacía humo.

Sueño que estoy soñando
tú estás en mi sueño con tus ojos llenos de amor
nos soñamos en un sueño en que no podemos tocarnos
este sueño es persistente y denso y lo envuelve todo
este sueño es como el mar
sueño que estamos abrazados al mar y que decimos disparates
este sueño tiene extrañas propiedades
puede estirarse y recogerse y no debe terminar
de los soñadores depende que sueñen los muchos que no sueñan
sólo puede uno despertar y amar en un día abierto sin dejar de soñar
vivir contra la muerte y luchar en duermevela
atrayendo como un imán al tiempo que vendrá
en mi sueño la serena no existencia es más real
es preciso  qué fortalecer este sueño
un sueño frágil no merece soñarse ni que le dediquemos nuestro tiempo
es preciso que nos desvelemos muchas noches soñando
mejor un sueño sin orillas en que el mundo cambia y se libera
cada segundo una oleada del sueño que derriba a la  realidad y derriba a la muerte
y nos vemos a nosotros mismos  de nuevo  viviendo por primera vez

jueves, 2 de julio de 2015

Patrizia Cavalli - Era esta la madre que quería…


Patrizia Cavalli, Todi, Perugia, 17 de abril 1947
Traducción Pablo Anadón



Era esta la madre que quería…

Era esta la madre que quería,
oscura y melancólica
lejana del mundo
ansiosa.
Habla poco y se come las palabras.
Se cae a veces, se levanta rápido.
Era esta la madre que quería,
oscura dolorosa
renga:
con mis hermanas he peleado
a mis hermanos he destruido
porque esta era la madre que quería,
voluntariosa amplia encerrada prisionera.
Sólo quería esta madre,
cabellos mal crecidos que no encuentran
forma ni paz, la copia descuidada
de sí misma, deshecha de dulzura,
único lujo era su fuga
ante el espejo
mientras se vestía.

Ante el espejo mientras se vestía
se dividía su mirada
perdida en una imagen del futuro,
reconocía en ella la primera ladrona
que me robaba la imagen segura
y la llevaba afuera y regalaba
lo que tan sólo mío debió ser.
 

martes, 30 de junio de 2015

Martin Adán -Poemas Underwood

Martin Adán, Perú, 27 de octubre 1908 – Perú, 29 de enero 1985


Poemas Underwood

Prosa dura y magnífica de las calles de la ciudad sin inquietudes estéticas.
Por ellas se va con la policía a la felicidad.
La poesía gafa de las ventanas es un secreto de costureras.
No hay más alegría que la de ser un hombre bien vestido.
Tu corazón es una bocina prohibida por las ordenanzas de tráfico.
Las casas rumian sus paces de buey.
Si dejaras saber que eres un poeta, irías a la comisaría.
Límpiate de entusiasmos los ojos.
Los automóviles te soban las caderas, volviendo la cabeza.
Cree tú que son mujeres viciosas. Así tendrás tu aventura y tu sonrisa para después de la cena.
Los hombres que tropiezan tienen la carne encallecida de oficina.
El amor está en cualquier parte, pero en ninguna está de otro modo.
Pasaban obreros con los ojos resentidos con la tarde, con la ciudad y con los hombres.
¿Por qué había de fusilarte la Checa? Tú no has acaparado sino tu alma.
La ciudad lame la noche como una gata famélica.
Y tú eres un hombre feliz, quizá el único hombre feliz.
Tienes camisa y no tienes grandes pensamientos de ninguna clase.
Ahora siento cólera contra los acusadores y los consoladores.
Spengler es un tío asmático, y Pirandello es un viejo estúpido, casi un personaje suyo.
Pero no he de enfurecerme por pequeñeces.
Mil cosas han hecho los hombres peores que sus culturas:
las novelas de Víctor Hugo, la democracia, la instrucción primaria,
etcétera, etcétera, etcétera, etcétera.
Pero los hombres se empeñan en amarse los unos a los otros.
Y, como no lo consiguen, acaban por odiarse.
Porque no quieren creer que todo es irremediable.
La polis griega sospecho que fue un lupanar al que había que ir con revólver.
Y los griegos, a pesar de su cultura, fueron hombres felices.
Yo no he pecado mucho, pero ya sé de estas cosas.
Bertoldo diría estas cosas mejor, pero Bertoldo no las diría nunca.
Él no se mete en honduras –y está viejo, quiere paz y hasta apoya a los moderados.
El mundo no está precisamente loco, pero sí demasiado decente.
No hay manera de hacerle hablar cuando está borracho.
Cuando no lo está, abomina de la borrachera o ama a su prójimo.
Pero yo no sé sinceramente qué es el mundo ni qué son los hombres.
Sólo sé que debo ser justo y honrado y amar a mi prójimo.
Y amo a los mil hombres que hay en mí, que nacen y mueren a cada instante y no viven nada.
He aquí mis prójimos.
La justicia es unas estatuas feas en las plazas de las ciudades.
Ninguna de ellas me gusta ni poco ni mucho -no son diosas ni mujeres.
Yo amo la justicia de las mujeres sin túnica y sin divinidad.
En punto a honradez, no soy de los peores.
Como mi pan a solas, sin dar envidia a mi prójimo.
Nací en una ciudad, y no sé ver el campo.
Me he ahorrado el pecado de desear que fuera mío.
En cambio deseo el cielo.
Casi soy un hombre virtuoso, casi un místico.
Me gustan los colores del cielo porque es seguro que no son tintes alemanes.
Me gusta andar por las calles algo perro, algo máquina, casi nada hombre.
No estoy muy convencido de mi humanidad; no quiero ser como los otros.
No quiero ser feliz con permiso de la policía.
Ahora en las calles hay un poco de sol.
No sé quién se lo ha llevado, qué mal hombre, dejando manchas en el suelo como un animal degollado.
Pasa un perrito cojo –he aquí la única compasión, la única caridad, el único amor de que soy capaz.
Los perros no tienen Lenin, y esto les garantiza una vida humana pero verdadera.
Andar por las calles como los hombres de Pío Baroja –(todos un poco perros)–.
Mascar huesos como los poetas de Murger, pero con serenidad.
Pero los hombres tienen posvida.
Por eso dedican su vida al amor del prójimo.
El dinero lo hacen para matar el tiempo inútil, el tiempo vacío…
Diógenes es un mito –la humanización del perro.
El anhelo que tienen los grandes hombres de ser completamente perros.
Los pequeños hombres quieren ser completamente grandes hombres, millonarios, a veces dioses.
Pero estas cosas deben decirse en voz baja –siento miedo de oírme a mí mismo.
Yo no soy un gran hombre –yo soy un hombre cualquiera que ensaya las grandes felicidades.
Pero la felicidad no basta a ser feliz.
El mundo está demasiado feo, y no hay manera de embellecerlo.
Sólo puedo imaginarlo como una ciudad de burdeles y fábricas bajo un aletazo de banderas rojas.
Yo me siento las manos delicadas.
¿Qué soy, qué quiero? Soy un hombre y no quiero nada.
O, tal vez, ser un hombre como los toros o como los otros.
Tú no tienes las ojeras demasiado grandes.
Yo quiero ser feliz de una manera pequeña.
Con dulzura, con esperanza, con insatisfacción, con limitación, con tiempo, con perfección.
Ahora puedo embarcarme en un trasatlántico. E ir pescando durante la travesía aventuras como peces.
Pero ¿a dónde iría yo?
El mundo me es insuficiente.
Es demasiado grande, y no puedo desmenuzarlo en pequeñas satisfacciones como yo quiero.
La muerte es sólo un pensamiento, nada más, nada más…
Y yo quiero que sea un largo deleite con su fin, con su calidad.
El puerto, lleno de niebla, está demasiado romántico.
Citeres es un balneario norteamericano.
Los yanquis tienen la carne demasiado fresca, casi fría, casi muerta.
El panorama cambia como una película desde todas las esquinas.
El beso final ya suena en la sombra de la sala llena de candelas de cigarrillos.
Pero ésta no es la escena final. Pero ello es por lo que el beso suena.
Nada me basta, ni siquiera la muerte; quiero medida, perfección, satisfacción, deleite.
¿Cómo he venido a parar en este cinema perdido y humoso?
La tarde ya se habría acabado en la ciudad. Y yo todavía me siento la tarde.
Ahora recuerdo perfectamente mis años inocentes. Y todos los malos pensamientos se me borran del alma.
Me siento un hombre que no ha pecado nunca.
Estoy sin pasado, con un futuro excesivo.
A casa… 

domingo, 28 de junio de 2015

Thomas Merton -En Silencio

Thomas Merton, Prades, Francia, 31 de enero 1915 – Bangkok, 10 de diciembre 1968
Versión Esteban Moore



En Silencio

No te muevas.
Escuchá las piedras de las paredes.
Silencio, tratan
de decir
tu nombre.
Escuchá
las paredes vivas.
¿Quién sos?
¿Quién
sos? El silencio de quién
sos?
Quién (quedate quieto)
sos (como estas piedras
quietas). No pienses
en lo que sos
y menos en
lo que podés ser.
Mejor
sé lo que sos (¿pero quién?)
sé el impensable
que no conocés.
Oh no te muevas, mientras
todavía estás vivo
y las cosas viven a tu alrededor
hablándole (no oigo)
a tu propio ser,
hablando por lo desconocido
que está en vos y en ellas.
Como ellas, voy a tratar
de ser mi propio silencio:
y eso es difícil. Todo el mundo
se incendia secretamente. Las piedras
arden, hasta las piedras me queman.
¿Cómo puede un hombre estar quieto o
escuchar todas las cosas quemándose?
¿Cómo se atreve a sentarse con ellas
cuando todo ese silencio está en llamas?




alpialdelapalabra.blogspot.com

viernes, 26 de junio de 2015

Irving Layton -Poeta y Mujer

Irving Layton, Rumania, 12 de marzo 1912 – Montreal, Canadá, 4 de enero 2006
Versión Santiago Espel



Poeta y Mujer

Mis poemas nacen del caos
del sufrimiento y la pena.
Mi canto es más alto
cuando me cortan la garganta.

Y mientras le decía esto
le alcancé la hoja de afeitar
para que me degollara.

Después, al verla limpiar
y trasvasar mi sangre
en el jarrón esmaltado
no pude ni siquiera agradecerle.

Y sin embargo, de este silencio
nació mi mejor poema:
ése en el que ella le canta
en su cama al malhumorado cíclope.

miércoles, 24 de junio de 2015

Carlos de Oliveira -Fuego

Carlos de Oliveira, Brasil, 10 de agosto 1921 – Lisboa, 1 de julio 1981
Versión Santiago Espel



Fuego

I

El fósforo
enciende el cigarro
y trae sombras
al horizonte del poema.
Nubes
temblores palpitando
en el papel
sobre la arquitectura
aún húmeda
de lo escrito
a esa velocidad.

II

Que un poco
de luz empuja
para decir
cómo el tardío sol
acompaña
y el invierno
se dirige
a las micro-ciudades
silenciosas
a las páginas casi vacías.
Nubes
sombras que entristecen
a Orfeo:

III

Eurídice,
mi canto se agota por fin
en el agua exigua
de las sílabas que ves
aquí:
d esp
ed az ad
a s
entre las llamas
de un infierno
menor
que el fuego
de este fósforo.








lunes, 22 de junio de 2015

Jaime Gil de Biedma -Pandémica y celeste

Jaime Gil de Biedma, Barcelona, 13 de noviembre 1929 – Barcelona, 8 de enero 1990


Pandémica y celeste

                                                                quam magnus numerus Libyssae arenae
                                                                ................................................................
                                                                aut quam sidera multa, cum tacet nox,
                                                                furtiuos hominum uident amores.

                                                                                                                Catulo, VII

Imagínate ahora que tú y yo
muy tarde ya en la noche
hablemos hombre a hombre, finalmente.
Imagínatelo,
en una de esas noches memorables
de rara comunión, con la botella
medio vacía, los ceniceros sucios,
y después de agotado el tema de la vida.
Que te voy a enseñar un corazón,
un corazón infiel,
desnudo de cintura para abajo,
hipócrita lector -mon semblable,-mon frère!

Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo
quien me tira del cuerpo a otros cuerpos
a ser posiblemente jóvenes:
yo persigo también el dulce amor,
el tierno amor para dormir al lado
y que alegre mi cama al despertarse,
cercano como un pájaro.
¡Si yo no puedo desnudarme nunca,
si jamás he podido entrar en unos brazos
sin sentir -aunque sea nada más que un momento-
igual deslumbramiento que a los veinte años !

Para saber de amor, para aprenderle,
haber estado solo es necesario.
Y es necesario en cuatrocientas noches
-con cuatrocientos cuerpos diferentes-
haber hecho el amor. Que sus misterios,
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen.

Y por eso me alegro de haberme revolcado
sobre la arena gruesa, los dos medio vestidos,
mientras buscaba ese tendón del hombro.
Me conmueve el recuerdo de tantas ocasiones...
Aquella carretera de montaña
y los bien empleados abrazos furtivos
y el instante indefenso, de pie, tras el frenazo,
pegados a la tapia, cegados por las luces.
O aquel atardecer cerca del río
desnudos y riéndonos, de yedra coronados.
O aquel portal en Roma -en vía del Balbuino.
Y recuerdos de caras y ciudades
apenas conocidas, de cuerpos entrevistos,
de escaleras sin luz, de camarotes,
de bares, de pasajes desiertos, de prostíbulos,
y de infinitas casetas de baños,
de fosos de un castillo.
Recuerdos de vosotras, sobre todo,
oh noches en hoteles de una noche,
definitivas noches en pensiones sórdidas,
en cuartos recién fríos,
noches que devolvéis a vuestros huéspedes
un olvidado sabor a sí mismos!
La historia en cuerpo y alma, como una imagen rota,
de la langueur goûtée à ce mal d'être deux.
Sin despreciar
-alegres como fiesta entre semana-
las experiencias de promiscuidad.

Aunque sepa que nada me valdrían
trabajos de amor disperso
si no existiese el verdadero amor.
Mi amor,
íntegra imagen de mi vida,
sol de las noches mismas que le robo.

Su juventud, la mía,
-música de mi fondo-
sonríe aún en la imprecisa gracia
de cada cuerpo joven,
en cada encuentro anónimo,
iluminándolo. Dándole un alma.
Y no hay muslos hermosos
que no me hagan pensar en sus hermosos muslos
cuando nos conocimos, antes de ir a la cama.

Ni pasión de una noche de dormida
que pueda compararla
con la pasión que da el conocimiento,
los años de experiencia
de nuestro amor.
Porque en amor también
es importante el tiempo,
y dulce, de algún modo,
verificar con mano melancólica
su perceptible paso por un cuerpo
-mientras que basta un gesto familiar
en los labios,
o la ligera palpitación de un miembro,
para hacerme sentir la maravilla
de aquella gracia antigua,
fugaz como un reflejo.

Sobre su piel borrosa,
cuando pasen más años y al final estemos,
quiero aplastar los labios invocando
la imagen de su cuerpo
y de todos los cuerpos que una vez amé
aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo.
Para pedir la fuerza de poder vivir
sin belleza, sin fuerza y sin deseo,
mientras seguimos juntos
hasta morir en paz, los dos,
como dicen que mueren los que han amado mucho.