martes, 28 de junio de 2016

Leila Guerriero -Leila Guerriero, Junín, Bs As, 17 de febrero 1967

Leila Guerriero, Junín, Bs As, 17 de febrero 1967


Sálvame

Yo no tengo dios, pero, si tuviera, le pediría: salvame.

Salvame de pronunciar, alguna vez, las frases "porque mi libro",
"según mi obra" o "como ya escribí yo en 1998".

Salvame de estar pendiente de lo que digan de mí,
preocupada por lo que dejen de decir, horrorizada cuando no digan nada.

Salvame de la humillación de transformarme en mi tema preferido,
del oprobio de no darme cuenta,
de la vergüenza de que nadie se atreva a advertírmelo.

Salvame de pensar, alguna vez, que en nombre de mi nombre
puedo decir cualquier cosa, defender cualquier cosa, ofender a quien sea.

Salvame de creer que un anecdotario personal
(mío: de cosas que me hayan sucedido a mí)
puede ser el tema excluyente de una conferencia de dos horas
o de un seminario de una semana.

Salvame de esperar que lo que escribo —o digo— le importe a mucha gente.

Salvame de traer a colación, en todas las conversaciones de café,
en cada sobremesa con amigos, lo que yo escribí, lo que yo hice.
Salvame de traer a colación, en todas las conversaciones de café,
en cada sobremesa con amigos, lo que dicen los demás de lo que yo escribí,
lo que dicen los demás de lo que yo hice.

Salvame de creer que nadie lo hace mejor que yo.
Salvame de la ira contra quienes lo hacen mejor que yo:
salvame de odiarlos secretamente y de decir,
en público, que son resentidos, mediocres y plagiarios.

Salvame de creer que, si no estoy invitada, entonces la cena, el congreso,
el encuentro no son importantes.

Salvame de la confusión de suponer que me recordarán por siempre.

Salvame de la tentación de pensar que lo que escribiré mañana
será mejor que lo que escribí ayer.

Salvame de la catástrofe de no darme cuenta de que ya nunca más
podré escribir algo mejor que lo que escribí ayer
(dame la astucia para entenderlo, el valor para vivir con eso y
el temple de bestia que se necesita para no volver a intentarlo).

(Salvame de pronunciar, alguna vez, las frases
"sólo iré si me dan un pasaje en primera clase" y "sólo iré si voy con mi marido".
Salvame de creer, alguna vez, que mi editor debe ser también mi enfermero,
mi mayordomo, mi terapeuta, alguien que tiene la obligación
de ir a buscarme al aeropuerto, pasearme por una ciudad desconocida
un domingo de sol y atender a mis más íntimos trances en la convicción
de que hasta mis más íntimos trances son sagrados.)

Salvame de perder la curiosidad por nada que no sea yo, mi, mío, para mí,
por mí, de mí, conmigo, en mí, contra mí, según yo.

Salvame de copiarme a mí misma, de usar siempre el camino que conozco.
Salvame de no querer tomar el riesgo, o de tomarlo sin estar dispuesta
a que el riesgo me aniquile.

Salvame de la adulación. Salvame de escuchar sólo lo que me hace bien,
y de despreciar todo lo que no me alaba.

Salvame de necesitar la mirada de los otros.

Salvame de ambicionar el camino de los otros.

No me salves de mí.

De todo lo demás: salvame.

domingo, 26 de junio de 2016

Thomas Chatterton -Adiós

Thomas Chatterton, Bristol, 20 noviembre 1752 - Londres, 24 agosto 1770
Traducción Juan Arabia


Adiós

¡Adiós Bristol, sórdidas pilas de ladrillos,
amantes de las riquezas, adoradores del engaño!
Rechazaron al niño que les regaló viejas baladas,
y al que pagaron por su erudición con alabanzas vacías.
¡Adiós, concejal, sigue tragando idiotas
con tu naturaleza equipada en armas de corrupción!
Me voy donde crecen los himnos celestiales;
Pero vos, cuando mueras, te hundirás en el infierno.
¡Adiós, madre!—acaba con mi alma angustiada,
¡No dejes que el oleaje me distraiga!
¡Ten piedad, Cielo! Cuando deje de vivir aquí.
Y perdonen este último acto de miseria.

viernes, 24 de junio de 2016

May Swenson -Sangrar

May Swenson, Utah, 28 mayo 1913 – Delaware, EEUU, 4 diciembre 1989
Versión Sandra Toro


Sangrar

Pará de sangrar dijo el cuchillo.
Si pudiera lo haría dijo el corte.
Pará de sangrar me hacés enchastrar de sangre.
Perdón dijo el corte.
Pará o me hundo más dijo el cuchillo.
No por favor dijo el corte.
El cuchillo no dijo no puedo evitarlo
pero se hundió más.
Si no sangraras dijo el cuchillo no tendría
que hacer esto.
Ya sé dijo el corte sangro tan fácil odio
no poder hacer nada quisiera ser cuchillo
como vos y no tener que sangrar.
Bueno dijo el cuchillo mientras tanto pará de sangrar ¿si?
Estás que das asco y cada vez más adentro dijo el corte
voy a tener que parar.
¿Paraste? dijo el cuchillo.
Creo que ya casi paré.
Primero ¿por qué tenés que sangrar? dijo el cuchillo.
Tal vez por la misma razón por la que vos tenés que hacer
lo que tenés que hacer dijo el corte.
No soporto la sangre dijo el cuchillo y se hundió más profundo.
Yo también la detesto dijo el corte ya sé no sos vos soy yo
tenés suerte de ser cuchillo tendrías que estar contento.
Demasiados cortes dijo el cuchillo son un asco
no sé cómo se aguantan entre ellos.
No se aguantan dijo el corte.
Estás sangrando otra vez.
No ya paré dijo el corte mirá cuando salís
la sangre se seca se limpia y quedás brillante de nuevo.
Si los cortes no sangraran tanto dijo el cuchillo
saliendo un poco más.
Pero los cuchillos se desafilan dijo el corte.
Todavía estás sangrando un poco dijo el cuchillo.
Espero que no dijo el corte.
Lo siento apenas una pizca.
Será una pizca pero puedo parar.
Todavía hay algo de humedad dijo el cuchillo y se hundió
un poquito pero enseguida salió otro poquito.
Lo justo no más dijo el corte.
Suficiente ahora pará ¿estás mejor? dijo el cuchillo.
Me temo que tengo que sangrar para sentir dijo el corte.
Yo no yo no tengo que sentir dijo el cuchillo ya secándose
y volviendo a brillar.

miércoles, 22 de junio de 2016

Joni Mitchell -Un chico extraño

Joni Mitchell, Fort Macleod, Canadá, 7 de noviembre 1943  
Traducción Griselda García


Un chico extraño

Un chico extraño zigzaguea
un rumbo de gracia y caos
en una patineta amarilla
por el tránsito del mediodía en la vereda

Justo cuando creo que es tonto e infantil
y yo quiero que sea un hombre
encuentro que mi tonta y mi niña
necesitan amor y comprensión

Qué extraño chico extraño
todavía vive con su familia
ni la guerra ni la marina
podrían hacerlo madurar

Sigue hablando de los días de escuela
y aferrándose a su niño
movedizo y acosado
su loca sabiduría conserva algo salvaje
me pidió que sea paciente
bueno, fallé
“¡crecé!”, le grité
y mientras el humo se disipaba me dijo
“dame una buena razón para hacerlo”

Qué extraño chico extraño
ve los autos como conjuntos de olas
secuencias de masa y espacio
ve el daño en mi cara

Nos drogamos con viajes
y nos emborrachamos con alcohol
y con amor, el veneno y la medicina más fuerte de todas

Mira cómo ese sentimiento viene y va
como la atracción de la luna en las mareas
ahora estoy surfeando y levantándome
ahora resecas costillas de arena a su lado

Qué extraño chico extraño
le di ropas y joyas
le di mi cuerpo tibio
le di poder sobre mí

Mil ojos de vidrio miraban
en un sótano lleno de antiguas muñecas
encontré un viejo piano
y dulces acordes subieron en pasillos encerados de Nueva Inglaterra

Mientras los pupilos roncaban
bajo las crujientes sábanas blancas del toque de queda
éramos amantes nuevos entonces
éramos fuego en la casa de las reglas rígidas

lunes, 20 de junio de 2016

Nazim Hikmet -Tus manos y la mentira

Nazim Hikmet, Salónica, 20 de noviembre 1901-Moscú, 3 de junio 1963
Versión  Fernando García Burillo


Tus manos y la mentira

Graves como las piedras,
Tristes como canciones de presidio,
Pesadas y macizas como bestias de carga,
                     Tus manos se parecen
                                   al rostro endurecido
                                                de los niños hambrientos.

            Ágiles, laboriosas como abejas,
Pródigas como ubres desbordantes de leche,
Intrépidas lo mismo que la naturaleza,
Bajo su dura piel, tus manos guardan
                                       la amistad y el afecto.

               No está nuestro planeta sostenido
por los cuernos de un buey:
               Tus manos lo sostienen...

              ¡Qué hombres, nuestros hombres!
Los mantienen a fuerza de mentiras,
Siendo que andan hambrientos,
              Faltos de carne y pan,
Y dejan este mundo, al que cargan de frutos,
Sin poder verlos en la mesa propia
              ni siquiera una vez.

¡Qué hombres, nuestros hombres!
Sobre todo los de Asia, los de África,
del medio Oriente, del Cercano Oriente,
los de las tantas islas del Pacífico
y los de mi país,
es decir, mucho más del setenta por ciento
de los hombres del mundo:
Están adormecidos, están viejos,
Siendo listos y jóvenes como lo son sus manos...

                ¡Qué hombres, nuestros hombres!
Ustedes, mis hermanos de América o Europa,
Tan alertas y audaces,
A quienes, sin embargo, los aturden
lo mismo que a sus manos,
                                    Y les mienten,
                                                  y los hacen marchar...

                    ¡Qué hombres, nuestros hombres!
Si mienten las antenas de las radios,
Si mienten las enormes rotativas,
Si miente el libro y mienten los afiches,
Si mienten los anuncios de los diarios,
Si mienten las desnudas piernas de las muchachas
                    en el teatro y en el cine,
Si hasta mienten las canciones de cuna,
Si miente el sueño, si el pecado miente,
Si miente el violinista de la boite,
Si miente el plenilunio
                    en las noches sin ninguna esperanza,
Si mienten la palabra,
                    el color y la voz,
Si miente el que te explota,
                    el que explota tus manos,
Si todo el mundo y todas, todas las cosas mienten,
                    a excepción de tus manos,
Es para que tus manos siempre sean
                   dóciles como arcilla,
                   ciegas como la noche,
                   idiotas como el perro del pastor,
Y para que jamás se subleven tus manos

Y para que no acabe jamás tanta injusticia
                 -Ideal del traficante-
Sobre este mundo nuestro,
                este mundo mortal
Donde poder vivir
                sería lo mejor.

sábado, 18 de junio de 2016

Alberto Greco -Pobre Mina!

Alberto Greco, Bs As, 15 de enero 1931 – Barcelona, 14 de octubre 1965 


Pobre Mina!

¡Pobre Mina!
no despertando
ni ganas de hacer reír.
¡Pobre Mina!
que te consuelas
escuchando por la radio
lo que nadie tiene estómago
para decirte.
¡Pobre Mina!
que seguís tirando
de la vida
por una ilusión,
como un burro
que le han puesto
una zanahoria
para llegar hasta el final.
Tienes la boca llena
de pinchos como un tenedor.
¡Pobre Mina!
¿Qué mal has hecho
para que la vida te trate así?
Ventilas el destino
andando por las calles
como un carnaval olvidado.

jueves, 16 de junio de 2016

Roberto Bolaño -Lupe

Roberto Bolaño, Santiago de Chile, 28 abril 1953 – Barcelona, 15 julio 2003


Lupe

Trabajaba en la Guerrero, a pocas calles de la casa de Julián
y tenía 17 años y había perdido un hijo.
El recuerdo la hacía llorar en aquel cuarto del hotel Trébol,
espacioso y oscuro, con baño y bidet, el sitio ideal
para vivir durante algunos años. El sitio ideal para escribir
un libro de memorias apócrifas o un ramillete
de poemas de terror. Lupe
era delgada y tenía las piernas largas y manchadas
como los leopardos.
La primera vez ni siquiera tuve una erección:
tampoco esperaba tener una erección. Lupe habló de su vida
y de lo que para ella era la felicidad.
Al cabo de una semana nos volvimos a ver. La encontré
en una esquina junto a otras putitas adolescentes,
apoyada en los guardabarros de un viejo Cadillac.
Creo que nos alegramos de vemos. A partir de entonces
Lupe empezó a contarme cosas de su vida, a veces llorando,
a veces cogiendo, casi siempre desnudos en la cama,
mirando el cielorraso tomados de la mano.
Su hijo nació enfermo y Lupe prometió a la Virgen
que dejaría el oficio si su bebé se curaba.
Mantuvo la promesa un mes o dos y luego tuvo que volver.
Poco después su hijo murió y Lupe decía que la culpa
era suya por no cumplir con la Virgen.
La Virgen se llevó al angelito por una promesa no sostenida.
Yo no sabía qué decirle. Me gustaban los niños, seguro,
pero aún faltaban muchos años para que supiera
lo que era tener un hijo.
Así que me quedaba callado y pensaba en lo extraño
 que resultaba el silencio de aquel hotel.
O tenía las paredes muy gruesas o éramos los únicos ocupantes
o los demás no abrían la boca ni para gemir.
Era tan fácil manejar a Lupe y sentirte hombre
y sentirte desgraciado. Era fácil acompasarla
a tu ritmo y era fácil escuchada referir
las últimas películas de terror que había visto
en el cine Bucareli.
Sus piernas de leopardo se anudaban en mi cintura
y hundía su cabeza en mi pecho buscando mis pezones
o el latido de mi corazón.
Eso es lo que quiero chuparte, me dijo una noche.
¿Qué, Lupe? El corazón.