sábado, 30 de agosto de 2014

Gustavo Sánchez -Últimas preguntas del Marqués de Sade

Gustavo Sánchez, CABA, 30 de abril 1967


Últimas preguntas del Marqués de Sade

¿Alguien
mirada
nada
y horror?

¿Alguien
por las dudas
en la rima
soplo
y vida?

¿Alguien
en la letra
de la sed
y la piel?

¿Alguien
todavía
niño
y aire?

¿Alguien
sin la guía
del espanto
del otro
en la risa?

¿Alguien
en los tres
puntos suspensivos
y después?

¿Alguien
en la sombra
de la cereza
alumbra
y nombra?

¿Alguien
tan distante
cerca
de lo extraño
humano
o no?

¿Alguien
como la luz
o viceversa
oscura
la luna?

jueves, 28 de agosto de 2014

Dolores Etchecopar -9

   Dolores Etchecopar, nació en Buenos Aires 4 de julio 1956


9

¿de dónde sopla el viento que abre
las pequeñas jaulas
de la memoria?
el mar está prohibido dijo una voz
que salía del mar
el mar de las desapariciones
vivíamos allí
¿se puede?
a ciegas tanteo esa sustancia oscura
que atraviesa mi cuerpo día tras día
¿dónde estoy?
ahora levanto uno de sus miles de brazos
y para esa mano más fría que el mar
que me tienden desde la costa
sólo tengo la mascarilla
de la Madonna de los gritos


martes, 26 de agosto de 2014

Alfredo Veiravé -Nunca Más

Alfredo Veiravé, Entre Ríos, 29 de marzo 1928 - Resistencia, Chaco, 22 de noviembre 1991


Nunca Más

Nunca más los gordos caballos de la muerte entrarán a la plaza
a destrozar los canteros de plantas y de flores (amarillas)
de las tipas asustadas; nunca más los bastones
golpearán con esa furia las cabezas ensangrentadas de los que ahora corren
bajo las nubes cirros, estratos, cumulus o nimbos; nunca más estas flores
de lapachos temblarán en la noche su color rosáceo al oír los aullidos;
nunca más esos aullidos cruzarán la calle subiendo desde el sótano
en el subsuelo de la madrugada.
Nunca más esos gritos terribles descarnarán la corteza de los murales
de la plaza desnuda, nunca más explotarán entre los intestinos
o las bocas del cuerpo / las convulsiones de la electricidad violenta;
(nunca más llamarás gritando a tu mamá en la violácea oscuridad lila
y azul que oyeron solamente los jacarandaes florecidos de la plaza)
Solamente?
Nunca más? No lo sé
porque hoy he visto a un tigre de Bengala correr a una gacela por la
llanura, a una boa constrictora devorar a una ranita saltarina,
a una araña correr sobre la tela al oír un zumbido.

domingo, 24 de agosto de 2014

Mariel Monente -El metal se conduele


Mariel Monente, Buenos Aires, 5 de junio 1961 


El metal se conduele

                                               Una niña luna
y una constelación bizarra de luz de mercurio,
De autopista

Niña,                    se agita la caña y tambalea

El metal discierne
gira la moneda
                           finge ser plata el estaño

y la niña clavando la plana lasitud de su espalda
alfileres, agujas de acero en un vientre, más allá
su corazón de arcilla en la jaula
pendiendo en el rellano las agujas.

Gozne
falleba                         chirrido
Pendiendo en el rellano
una constelación de mercurio
una niña luna.


Una constelación de alambre dice: lávame la sombra,
                                                      retuerce el paño.
                                                      gima la gata sin nombre.

La niña del corredor,
el alambre,
la jaula,
en un postigo de madera blanca
de celosías de chapa.

Detrás la reja
Detrás el gozne
Detrás la niña luna
                                                      tejiendo el alambre,
encerrando el magneto de su corazón de arcilla.


La inocencia roba un rojo
quiebra una luna
sube al patíbulo una vez más.


La niña se deshace en los jolgorios de su tintineo
de su bronce vibrando
                                            puede tomar varillas
y agitar su clavicordio de llantos por el pecho.
Como un castillo de notas agudas
los gemidos se esfuerzan
                                                moran la cumbre
                                                rozan el cielo raso
se cuelgan de las telas de araña en lo alto.
En los tubos de gas fluorescente zumbidos,
gemidos                          en la habitación desnuda.



Los cubiertos dan otra vuelta a su tuerca de hambre
La moneda no gira, no es plata
La luna es un menguante en la autopista
La constelación de neón se apaga
                                        en una danza de alambre.

viernes, 22 de agosto de 2014

Victor Redondo -Los jóvenes maestros

Victor Redondo, CABA, 8 de enero 1953


Los jóvenes maestros

Uno

Una vez más frente a frente.
Pero ahora el miedo
ha quitado de las palabras el ropaje de las palabras
y ahora las palabras, pero no las palabras,
son palabras finalmente, y no aquellas.

Hay mucha exageración en todo esto
y una pequeña parte de verdad, “tengo
ciertos miedos que pertenecen al futuro”.
No se halla nunca el comienzo
y es tan difícil terminar. Un poema
quisiera extenderse como un pecado nuevo,
siempre insuficiente. ¿Para quién se escribe?
La ficción comienza antes del primer acto,
antes de entrar en la sala de los enigmas, antes
de sentarnos frente a la hoja, enjoyados por el hastío,
y antes de ser los animales jóvenes en busca del deseo.
No me mires así, sobre esto debo hablar.
Deja que destierre en paz estas almas que recuerdo
en cenizas, en trampas, en las noches donde vierto
la triste espuma de un vino inacabable.

Hemos nacido para el éxtasis seco,
para la furia de no comprender,
para tener cadenas por necesidad de cadenas y gozar
la lujuria de la rebelión. Deja que hable.
Pero no me dices que no hable: no me escuchas.
Hablo a la fría lucidez de los muertos
que no creen necesario contestar.
Ser o no ser son dos espejos ausentes.
Sobre esto es inútil hablar.
Tengo las palabras cubiertas de polvo.
Necesito que me respondas, ese silencio enloquece.
Necesito enfrentar palabras para oponer palabras.
Necesito creer en el mal para vencer lo irremediable.
El veneno de la serpiente
nos defiende de la serpiente. Y estamos hablando
de las involuntarias víctimas de un antiguo mal. Eso creo.
Quizás estamos hablando de otra cosa
y yo esté demasiado solo esta noche.

Dos

Oye si es que no cantan
los peces de la noche en sus negras aguas.
Mira, si es que no sabemos ver sino pasiones sagradas,
los pájaros que beben junto a los melancólicos animales.
Huele las botas, el lodo de los reyes guerreros,
si es que no tenemos más que palabras en la mano.
No puedo darte nada que te salve,
y si arrojo hacia ti una cuerda, veré, sufriré sonriendo,
una cuerda en tu cuello, una mano pálida buscando el horizonte.
Y más allá nada. Pero más acá
la trama de oscuras cabezas bajo la lluvia,
paraísos perdidos en un mar borrado.
Y conducidos ante la alta sombra sin respuestas
Cenaremos como desenfrenados, tendremos dientes de abismo.

Ahora esta palabra te recuerda por no haberte conocido.
Ahora esta palabra, hecha de polvo y de ciudades,
vendrá con su horrible aliento a envejecer estas páginas,
y tú seguirás sin estar.
Entre la mierda de los perros y la basura de los edificios
pasarán las aguas como un espejo
y no tendrán tu rostro
hecho de infinitas armonías desesperadas, ni tus manos,
ni tus piernas, ni tus ojos de ahogado.
Mas pasarán de boca en boca,
pesarán en los nervios, serán una cruz
poemas de tan corta vida.
Cernuda, lo hemos leído hasta olvidarnos los ojos,
nos hablaría de ilustres efebos sin nombre,
de prados donde el silencio crece entre los cuerpos,
y nos perdería en su voz, fuente del deseo.
Pero seríamos igualmente tres náufragos en la noche,
sin nadie que nos oyera. Pero si alguien nos oyera
¿nos salvaría? Por los labios
cruza una estrella, una primera canción de rumores de almendro,
un misterio abierto para los ojos abiertos.
Y no, no era la luz lo terrible del amanecer.
No eran las sombras que cantaban frente a tu vista
lo que yo he mirado. Eran rostros de espuma
en una noche sin fin, un terrible peso
más poderoso que el amor.
Para estar realmente solos fue necesario habernos conocido.

Y yo te hablo a ti pero tú a nadie hablabas.
Eras más sabio que yo, escribías desde la muerte.
Otoño tras otoño, a orillas del mismo mar,
buscábamos alguna señal de los ahogados, alguna palabra
que arrojada contra las piedras aún cantara
bajo la sal de sus cuerpos podridos.
Y volvíamos desnudos, solitarios en la intemperie,
a nuestro hogar terrestre donde la ropa
temblaba en la cuerda como un fantasma
que clama ser poseído. Y no teníamos
un cuerpo para ofrecer. Sólo palabras, triste amigo,
besando la brisa de los mares, una eterna soledad.

Tres

Y he creado tu nombre
para inventarme uno propio. Cortinas de humo
para despertar palabras que nadie vea.
¿Y si me vieras cantando, solo, melancólico como un perro viejo,
frente al espejo de mi única herencia,
me seguirías viendo? ¿Dirías: frutos prohibidos?
¿Dirías: victoria del polvo? Y no has de regresar.
Esa fue la primera certeza del poeta. Nadie puede regresar
del país oscuro o claro donde canta la sombra o la luz.
Pero veremos –somos viejos hechiceros-
el beso de los espíritus entre las mismas palabras.
No será un triunfo claro,
apenas alquimias del alma errante
que busca labios que la nombren
entre fríos y cadenas deshabitados.
¿Quién lee ahora lo que no has escrito?
Te he soñado, te pido responder. Debes ser mi ficción, mi fe.
¿Quién ha hecho de la noche el verdugo sin rostro?
¿Quién nos ha hecho creer que la luz nos salva?
Si no lo supimos, nunca lo sabremos. Si no lo sabremos
esta vida
un goce de palabras
una desnudez sin cuerpo.

Toda noche tiene su música oculta.
Es necesario crearse oídos para oírla.
Y eso, nuestro cuerpo y nuestra sangre lo saben,
ya nos ha costado demasiada vida.
Somos héroes de un ejército perdido.
Somos peregrinos y por ahora
la inmensidad vence. Volveremos a nacer
con el lenguaje de los cuervos. Tornaremos a las felices lágrimas
luego del falso vino de los templos. Y ya no será necesario
ocultar los fantasmas que poseen nuestra razón.
Comprenderemos que jamás, jamás,
jamás, como si no tuviera importancia.

Este es nuestro daño, tiene deseos y soberbia,
pero pide la clemencia de las manos ardientes.
Son insectos de mujeres en el sueño,
son silencios de dioses muertos que retornan,
son bestias de silencio, o bestias de palabras,
son nada, triste amigo,
pero es nuestra creación.

Y la literatura no tiene importancia
cuando tus ojos nadan extraviados en el océano de los continentes.
Y tus ojos son nada frente a los continentes sin forma
que han marcado tu cruel partida. Todo es el hombre
y nosotros -¡fantasma, fantasma, fantasma!-
ya no somos sino fantasmas
de lo que hubiéramos podido ser.

Sí, falta el amor, el peligro, la aproximación,
faltan paisajes donde el Sol se alce y nos recorra
y nos vuelva a crear hijos de la Luz.
Derrochamos muerte, nos falta pasión. Volvemos siempre
al pensamiento que se muerde la cola
y muere en las estériles tierras sedientas
donde se estremece la codicia del conocimiento.
  












miércoles, 20 de agosto de 2014

Pier-Paolo Pasolini -La glicina

Pier-Paolo Pasolini, Bolonia, Italia, 5 de marzo 1922 – Ostia, Italia, 2 de noviembre 1975
Traducción Delfina Muschietti


La glicina

¿Eso es, estaba muerto?, sobre
los bastiones del Vascello - irreales
como este aire que no conozco desde niño,
o esta lengua de itálicos
paganos o siervos de clérigos- los oscuros
festones de las glicinas. El barrio rico
está lleno de ellas, por todos lados. Sobresalen
violeta sobre el violeta de las nubes y las avenidas.
Absurdo milagro, para un alma
para la cual cuentan los años
que han sido para ella siempre inmortales.
Estas que ahora nacen son
las glicinas muertas, no sus hijas bárbaras
-digo bárbaras si oscuramente nueva
es su existencia, muda su admonición.


Pero lo repito: no son vírgenes
en la vida, son moldes funerarios,
que imitan la barbarie del decir
sin poseer todavía
palabra alguna, puro violeta sobre el verde...
Yo estaba muerto, y entretanto era abril
y la glicina estaba aquí, floreciendo otra vez.
Qué dulce es este color del cadáver
que cubre los murallones de Villa Sciarra,
predestinado, prefigurado, hacia
el fin del tiempo que se vuelve siempre más ávido...
¡Malditos mis sentidos,
que son, y han sido muy hábiles
pero no lo suficiente para que las floraciones antiguas,
aunque nuevas, no los tienten!

Maldigo los sentidos de aquellos vivos,
para los cuales, un día, en los siglos volverá abril:
con las glicinas, con estos granos lilas,
temblorosos en sus filas carnales,
casi sin color, casi, diría, lívidos...
Y tan dulces, contra sus muros de arcilla
o travertino, misteriosos como la manzanilla,
tan amigables para los corazones que nacen con ellos.
¡Maldigo esos corazones, que tanto amo,
porque no sólo no conocen aún
la vida: ni siquiera el nacimiento!
¡Ah, la vida verdadera sólo es aquella
que será: virgen deja
sólo a los que han de nacer, la glicina, su encanto!

Y yo aquí, con esta astilla
inmaterial en el corazón, esta involuntaria
conciencia de mí, que se reaviva en el instante
de la estación que cambia.
¿Insuficiencia hormonal en la que desvarían
los sentidos? ¿Debilitamiento de los latidos
del corazón, o exceso de los actos vitales
de la inteligencia? Ah, seguro alguna cosa
que se echa a perder. Esta flor es signo
en lo más íntimo, del reino
de la caducidad - de la religiosa
caducidad- nada más.
La suya es una alegría dolorosa,
y en el dolor de esa lila casi blanca
se exalta el corazón del llanto.

¡Pero es ridículo, no puedo
atormentarme aquí sobre esta pálida
aunque sobrecargada de espasmos,
esta ligera onda
lila que borda el murallón rojo
con la impúdica ingenuidad, la afásica
fiesta de los eventos salvajes!
No puedo: yo que desde hace años predico
que todo esto no existe, que es sólo acto
de una voluntad alienada,
de ceguera que no conoce otro remedio
que morir en el corazón
del mundo que se tiene como don al nacer,
de inconsciente posesión de la historia,
de conciencia solamente retórica...

Y ahora, por una mísera glicina
florecida en las esquinas de Monteverde
estoy aquí hablando de derrota.
¿Pero qué es lo que me pierde?
¿Dios redicico, la culpa felíz?
Sí, me siento víctima, es verdad, pero víctima
¿de qué? De una historia apocalíptica,
no de esta historia. Me contradigo.
Vuelvo ridícula mi eterna pasión
de verdad y razón.
Pasión...Sí, porque hay un corazón antiguo,
preexistente al pensamiento:
y un cuerpo- o floreciente o herido,
pobre vida nunca segura realmente
de poder resistir a la vida informe de los nervios.

De este inexpresable roce
surge la primera larva de la Pasión:
entre el cuerpo y la historia, hay esta
musicalidad que desentona,
estupenda, allí lo que ha terminado
y lo que empieza es igual, y queda así
por los siglos: dato de la existencia.
La frontera entre la historia y el yo
se hiende torcida como un abismo ebrio
más allá del cual, a veces, escindido,
a la deriva, está el glorioso rumor
de la existencia sensual
llena de nosotros: delante de esta física
miseria no puede sino retornar
cada histórico acto irracional...

Yo no sé qué es
esta no-razón, esta poca-razón:
Vico, o Croce, o Freud, me socorren,
pero con la sola sugestión
del mito, de la ciencia, en mi abulia.
No Marx. Sólo aquello que ahora es palabra
su palabra muda, no el claror,
no la oscuridad que hay primero, ¡pobre glicina!
Cuanto en ti vive-y en mí por ti tiembla-
permanece gemido reprimido
del que no se sabe, del que no se dice.

¿Pero es posible amar
sin saber qué quiere decir esto? ¡Felíz
de ti, que eres sólo amor, gemelo vegetal,
que renaces en un mundo prenatal!

Prepotente, feroz
renaces, y de golpe, en una noche, cubres
una pared entera recién levantada, el muro
proncipesco de un ocre
resquebrajado al nuevo sol que lo cuece
caduca trepadora, para volverme limpio
de historia como un gusano, como un monje
y no quiero, me revuelvo - árido
en mi nueva rabia,
apuntalando el revoque descascarado
de mi nuevo edificio.
Algo ha profundizado
el abismo entre cuerpo e historia, me ha debilitado,
me ha hecho árido, reabriendo las heridas.

Gimo de desilusión, impúdica planta
de un día: lo sé.
La incomprensión, el odio son más
fuertes de cuanto puede
soportar una existencia cansada:
que, por lo demás, ni el amor -ni la muerte,
su gemela- sabe definir: la llevan
a disgregarse esos mismos viejos sentidos
otra vez agudizados por mi debilidad.
Así frente al violeta que jaspea
los muros anunciando abril y los tiempo inmensos,
yo querría solo morir...
Mi vida ya no tiene recompensas:
no le basta la vitalidad de abril,
le parece vana la voluntad de comprender...
Un monstruo sin historia,
feroz con la ferocidad bárbara
que cumple sus persecuciones
en a prensa libre, en los mitos confesionales,
que quema pasiones, purezas, dolores,
que acepta la muerte con crueldad casi irónica,
a su pesar estoica, que no tiene religión
sino aquella de imponer una legalidad
con sus propias reglas, que no tiene amor
sino aquel que quiere
la igualdad de todos, en el bien y en el mal,
que no conoce piedad,
porque para cada uno conquistar
la vida es una tácita apuesta que lo vuelve
ciego dueño de todo lo que sabe:
todo esto encontré
al nacer, y enseguida me dio dolor:
pero un dolor glorioso casi, tanto
me ilusionaba que el corazón
pudiera transformar cada dato,
adentro, en un amor unificador:
de Cristo a Croce, ¡qué camino reconfortante!
Y después, la esperanza de la Revolución.
Y ahora aquí: recubre la glicina
las superficies rosadas
de un barrio que es tumba de toda pasión,
acaudalado y anónimo, caliente
al sol de abril que lo descompone.
El mundo se me escapa ahora, no sé ya dominarlo,
se me escapa, ah, una vez más es otro...

Otras modas, otros ídolos,
la masa, no el pueblo, la masa
decidida a dejarse corromper
ahora se asoma al mundo,
y lo transforma, se sacia
en cada pantalla, en cada video,
horda pura que irrumpe
con pura avidez, informe
deseo de participar de la fiesta.
Y se asienta allá donde el Nuevo Capital quiere.
Cambia el sentido de las palabras:
quien hasta ahora ha hablado con esperanza, se queda
atrás, envejecido.
¡No sirve, para rejuvenecer, este
disgustado angustiarse, este desesperado
rendirse! Quien no habla, es olvidado.

Tú que regresas brutal
no rejuvenecida, sino directamente renacida,
furia de la naturaleza, dulcísima,
me quiebras porque ya estoy quebrado
por una serie de días miserables,
te asomas a mis abismos reabiertos,
perfumas virgen sobre mi eclipse,
antigua sensualidad, disgregada, piedad
asustada, deseo de muerte...
He perdido las fuerzas;
no conozco ya el sentido de la racionalidad;
caída se enarena
-en tu religiosa caducidad-
mi vida, desesperada de que el mundo
sólo tenga ferocidad, y mi alma, rabia.












lunes, 18 de agosto de 2014

Jorge Brega -Juegos

Jorge Brega, Buenos Aires, 16 de agosto 1949


Juegos

Mi hijo juega en la casa vecina.
Regresa empapado de barro.
El patio de sus amigos es de tierra.
Si llueve no hay reparo para todos.
La casa tiene dos habitaciones.
Al frente un cerco de ligustro.
El portón de alambre vencido deja ver
el adobe que antaño ha perdido el estuco.
Sus amigos no meriendan ni cenan.
Desayunan con pan y almuerzan en la parroquia.
Hermanos y primos comparten la cama.
Y el cuarto con los adultos.
Por la noche mi hijo medita en el porche.
Impulsa sobre el mosaico
un diminuto automóvil con mecanismo de fricción.
Sin levantar la vista
parece dirigirse a mí cuando refiere
alguno de estos datos.

Ha sucedido así
este verano de vez en vez
desde principios de enero.