martes, 20 de febrero de 2018

Israel Pinkas -Cine mudo

Israel Pinkas, Sofía, Bulgaria, 28 de enero 1935 
Traducción Gerardo Lewin


Cine mudo

El film documental que versa sobre mí está por concluir
y algunos, entre el público, han comenzado a salir:
los finales son siempre intrascendentes y sabidos de antemano.

Queda ya claro, ahora, que no lograré cruzar el Amazonas,
que no llegaré a ese encuentro en Almagro
y que no bailaré otro tango cantado por Gardel.

La mujer, golpeada por las drogas y el amor,
caerá en la depresión y se suicidará esa misma noche
en su habitación, en el hotel.
Su carta póstuma sólo despertará sospecha y nuevas dudas.

Queda ya claro, ahora, que hubiera sido preferible
que todo este asunto no hubiera comenzado
del modo en el que, ciertamente, comenzó.

No hubo en esta vida, para los demás, nada de interesante o ejemplar.
Se extendió a lo largo de tres continentes y por un tiempo
tan breve que resulta imposible delinear un retrato acabado.

Quedan en ella grabados los despegues y aterrizajes imprevistos
que fueron, en general, a dar en nada.
Antes de terminar, pueden aún observarse
los gestos espasmódicos de quien parece exigir algo:
voces y murmullos que no han dejado registros.

domingo, 18 de febrero de 2018

Ramón Plaza -Los caudillos

Ramón Plaza, La Paternal, 3 de septiembre 1937 - Bs As, 23 de enero 1991


Los caudillos

Creo en la barbarie,
en el caos.
Dioses profundos de mi patria.
Siempre es La Rioja,
llanos del mundo.

Los caudillos
amaban a mi patria
y eran inflexibles
y eran de cuero.
Desjarretaban con la lluvia,
y sabían que el cuchillo
era un difunto
fuera de los dedos.
Y tenían esta mujer caliente del suelo.

Creo en la barbarie,
en su boca escribo.
Porque llana es la tierra
habitada por ganado.
Y pelear por algún caballo
es tener a Dios, pastando,
en el suelo.
Creo porque Quiroga
fue la carga apagada en Yaco.

Dos tercerolas,
cargadas; reunidas por la boca.
Esta pequeña historia que me llega
por los ojos de Quiroga,
vaciados, enterrados en el
aire de la tierra.

Siempre fue la muerte,
la violencia,
el caos ordenando los principios.
Siempre muertos, solos, asustados;
cavados con la tierra que nos asombra.
Sepultados, lluviosos, ordenados.

Esta es la sangre oceánica
que nos rige.
Este es el sur: sangrante y aterrado.

Porque somos australes,
bárbaros, imprecisos,
tendremos la historia
que el pueblo nos prepare.

Creo en la barbarie,
en su boca escribo:
los caudillos amaban a mi patria.

Nadie debe morir sin saberlo.


"Los poetas son como Drácula vuelven de la noche/ vuelven de la muerte, 
seguirán volviendo./ Son invencibles/ es la única especie que viva 
vuelve de la muerte”/.RP.

viernes, 16 de febrero de 2018

Ivana Bodrozic -El hotel Dunav

Ivana Bodrozic, Vukovar, Croacia, 5 de julio 1982
Traducción Ivana Loncar y Carolina Rouco Chao


El hotel Dunav

Estos brazos tan delgados los tengo como él
a veces también me gusta emborracharme bien
como corresponde a la hija del jefe de sala del hotel
pequeña payasa, lo veía en el acto
escondida detrás de las máquinas de póquer, bien
sobornada
con el chocolate de duty free que a
Vukovar
llegó demasiado tarde
como la Cruz Roja Internacional
como la humanidad
como, en general, todo lo bueno llega con retraso
eterno
a esta parte del mundo
estos brazos tan delgados los tengo como él
no me da pena por mí
sino por cómo podía defenderse con ellos cuando le
pegaban.

Los traductores tienen derecho
a no traducir el término
El mundo sucede alrededor de mí.
Yo vivo en un hotel
y todos los días cuando voy a la escuela
dejo la llave en recepción
en la pequeña casilla 325,
un poco más pequeña que la habitación en la que
vivimos
mi madre, mi hermano y yo,
y el televisor que un día
tal vez nos diga
dónde está mi padre.
Hasta entonces tres de todo:
camas, tazas, cucharas,
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo,
y como cobardes compramos
tres de todo
como si ya con él
no contáramos.
Y hay un cojín para sentarse
hecho de la piel
de su chaqueta que
mi tía salvó de Vukovar,
es más o menos todo,
a mi madre nadie,
nadie
la salvará,
ella pasará años en el pequeño baño
de la habitación 325
escribiendo cartas a mi padre
que está DESAPARECIDO.
Ése es el término oficial.



miércoles, 14 de febrero de 2018

Gonzalo Millán -Sale el sol

Gonzalo Millán, Santiago de Chile, 1 de enero 1947 – Santiago, 14 de octubre 2006


Sale el sol

Sale el sol.                             
Salen los habitantes de sus casas.       
Hace frío.                               
La plaza es ancha y sin casas.           
Los hombres se alzan los cuellos.       
Los pájaros alzan el vuelo.             
Las mujeres se rebozan.                 
La calle sale a la plaza.               
No sale trabajo.                         
Los cesantes salen en ayunas.           
No hay plazas.                           
Sobran los brazos.                       
Los escolares entran a clases.           
Sale a llamar por teléfono.             
Entra a una cabina telefónica.           
Los teléfonos están intervenidos.       
¡Ring! suena el teléfono.               
Los colegios están intervenidos.         
Alzan los alimentos.                     
Alzan la movilización.                   
Agentes de civil salen al paso.         
Los detenidos alzan las manos.           
Los friolentos patean.                   
Los friolentos soplan sus manos.         
La bufanda cubre el cuello.             
Los guantes cubren las manos.           
Los escolares salen a recreo.           
El centinela sale de la garita.         
Los niños patinan sobre la escarcha.     
Las ruedas patinan.                     
El cortejo entra al cementerio.         
                                         
Un barco sale del puerto.               
De la nariz sale humo.                   
Los fumadores tiran colillas.           
Las recogen los mendigos.               
Recogen perros vagos.                   
Recogen la basura.                       
Recogen las cartas del buzón.           
La beldad se recoge el pelo.             
La beldad sale al balcón.               
La beldad sale de compras.               
La beldad se abriga.                     
Abrigan al enfermo.                     
El enfermo entra al quirófano.           
El cirujano opera.                       
El cirujano corta con el bisturí.       
El frío corta las manos.                 
El frío corta el cutis.                 
Con el frío salen sabañones.             
El enfermo sale del quirófano.           
Los sabañones arden pican.               
El fuego defiende del frío.             
El abogado defiende al procesado.       
El oficial abofetea al abogado.         
El fuelle sopla el fuego.               
Se ríen en su cara.                     
Hacen añicos su alegato.                 
Rejas defienden las ventanas.           
El cliente y el abogado desaparecen.     
La escollera defiende del oleaje.       
La lluvia se hiela.                     
Cae granizo.                             
Echan a miles a la calle.               
Echan carbón al brasero.                 
Echan leña a la chimenea.               
La leña no prende.                       
                                         
Echan parafina a la estufa.             
La leña está húmeda.                     
Prenden la colecta con alfileres.       
Prenden a extremistas.                   
La beldad prenda.                       
El agua caliente circula                 
Los radiadores difunden calor.           
El frío paspa los labios.               
El frio enronquece.                     
Los dientes castañetean.                 
El frío agrieta la piel.                 
En la calle hace un frío extremo.       
La miseria es extrema.                   
El frío amorata.                         
Las pasamos moradas.                     
El frío quema las plantas.               
Nos plantaron en la calle.               
El frío contrae los cuerpos.             
El frío contrae los músculos.           
El frío congela los charcos.             
La carne se conserva congelada.         
La carne cuelga del gancho.             
Cuelgan los animales muertos.           
Tras la muerte los músculos se contraen. 
El frío retrasa la putrefacción.         
                                         

lunes, 12 de febrero de 2018

Miguel Ildefonso -José María

Miguel Ildefonso, Lima, Perú, 5 de enero 1970


José María

José María venía en bus por la Oroya a Lima.
En sus audífonos escuchaba a Lou Reed.
Afuera, los cerros mojados, la lluvia entrándole por el hueco de la bala.
Esa mezcla de Perfect Day con la caída de la lluvia puso nostalgia
a la visión cristalina de la ventana.
Recordó entonces cuando chiquillo dormía sobre los pellejos,
aprendió el quechua, canciones más tristes todavía que las de Lou.
Los cerros con sus minas ya no eran moradas de mitos.
Cerros como tumbas de Huarochirí y humo que salía de las chimeneas.
Un tren fantasma entró a un viejo túnel,
la lluvia sepia como las cuerdas de un arpa le cosquilleaba el hueco de la bala.
Entonces se preguntó si en cincuenta años todavía existiría este país.
Esta idea lo avergonzó, puso otra canción, algo de Pastorita,
y casi el empezar a dar vueltas en torno a ello quedó dormido.
La carretera daba curvas, lo acurrucaba.
Oye niño - le dijeron - regresa a casa.
Pero su madre murió. Niño, esta no es tu lengua. Pero él cantaba en el bus:
Aun no veo el cerro de mi pueblo,
soy un forastero,
soy un alma que vaga junto a un río.
Tengo un revólver al cinto.
Mi corazón, una tinya, un charango y una quena.
Ay mi corazón se lo llevó el río
y aun no veo el cerro de mi pueblo.
José María cantaba en quechua con su guitarra de palo, pero adentro,
en las entrañas de su voz, los danzantes ya contaban sus pasos.
La muerte - es una herida que se lleva desde el nacimiento
la muerte - es un alma que acompaña: una nostalgia, un país.
El niño que cantaba en el río llamaba a su madre para que lo salve.
Ese niño tenía miedo que se lleven su corazón,
que en cincuenta años nadie cante sus canciones en quechua.
Porque el país tenía montañas y cargamentos que llegaban a los puertos,
lo saqueaban todo, se lo llevaban todo.
Ese paisaje de perros famélicos que anunciaba la entrada a la ciudad
iba mezclando la muy dulce melodía de su voz con el fuerte sonido de una bala.
Sus amigos lo querían, pero el resto no entendía el quechua,
ni quería entenderlo. Cosas de serranos, decían ellos,
ellos que hoy publican sus libros, lo estudian, lo celebran.
José María, el día que pusiste la pistola en ti
alguien tocaba su violín en las alturas de Andahuaylas.
Ellos esperaban que lo hicieras para hacer de ti una leyenda:
la gran leyenda cultural del país. Ellos que escupían en tus cantos.
Con una mano cogiste el arma: yo nacía cuando te despedías.
Tres días antes cantaste en una reunión con amigos.
Alguien grabó tu voz y aquella grabación fue una burla a la muerte
que siempre te asechó.
Fue tu victoria sobre una prole de intelectuales.
Un día antes fuiste a La Parada a comprar discos de huaynos,
nos emborrachamos escuchando a Jilguero.
Nos vemos mañana, tú naces, yo muero, cantabas.
Habrías tenido un flash back, tu infancia entre los indios,
una clase en la Universidad o algo como una retama
que al comienzo te hiciera dudar,
pero que luego más bien te impulsara con una fuerza irrefrenable.
José María, una mujer canta en la esquina de mi calle,
viene de Ayacucho. ¿Estaré yo en su canto?
¿Estarán mis poemas en la palma de esa mano de barro?
José María, tú cantabas en quechua un rock en el fondo de mi tumba.
Yo escribo esto para cantar en ti.

sábado, 10 de febrero de 2018

Juan Larrea -Un color lo llamaba Juan

Juan Larrea, Bilbao, 13 de marzo 1895 – Córdoba, Argentina, 9 de julio 1980


Un color lo llamaba Juan 
                                                 A la memoria de Juan Gris

Bendecimos el confort de las hormigas regulares
y la noche incluso más triste que el papel absorbente
después de la muerte de la palabra
ahora que el silencio dulcemente deviene festín de pájaro
entre los granos capricho de una prisión florida

Nuestros arroyos interiores están acordes
en aplacar este molino de individuo
único convidado que nos queda
de aquello que ha partido sin pretexto hacia el invierno
Sobre un dolor de antigua pradera
las hormigas arrastran nuestras lágrimas de este a oeste

se ha ido por transparencia como las vagas promesas
de un río más bien banal
Hacía un calor de héroes mas el tiempo era pálido

Con una brizna de delicadeza y el insomnio de las lluvias
que vuelve seda el reflejo de las catedrales
agujereamos la esponja de nuestras plegarias
para borrar el juramento de luna tejido en versos
donde sus ojos amoblaron la esperanza de corrientes de aire

Porque él nos dejó su tristeza
sentada al borde del cielo como un ángel obeso

jueves, 8 de febrero de 2018

Velimir Khlebnicov -Llena de sonido

Velimir Khlebnicov, Rusia, 9 de noviembre 1885 – Novgorod, 28 de junio 1922
Traducción Daniel Hernández Guzmán del inglés de T S Eliot


Llena de sonido

Llena de sonido estaba la leña retorcida
El bosque gritó, el bosque se quejó
Con miedo
De ver al hombre-bestia blandir su lanza

¿Por qué el cuerno del corazón del ciervo pesa en la mano
Ante la viva marca del amor?
El brillo metálico de una flecha golpea su anca
Y reconoce su lugar. Ahora se ha quebrado la bestia

A sus rodillas, doblegada en el suelo.
Sus ojos atienden a la profunda muerte.
El ruido de caballos, bufan y murmuran;
“Traeremos los altos. Inútil correr.”

Inútil tu exquisito movimiento
Tu cara casi femenina. Ninguna acción
Te salvará. Vuelas del tormento a la ruina
Y la búsqueda del hombre-lanza te sigue con rapidez.

Caballos jadeantes cada vez más cerca,
Cuernos y ramas cada vez más bajos,
Tañidos arcos por doquier,
Sin ayuda ni corazón ante las heridas y el daño.

Pero se alza abrupto, se encrespa y ruge-
Y muestra las crueles garras del león.
Con pasiva calma toca y tienta-
Enseña el truco del terror.

Condescendientes y quietos,
Se desploman para llenar sus tumbas.
Se alza rampante. Regio ruge.
Y derredor, en todas partes, yacen vencidos sus esclavos.