miércoles, 12 de julio de 2017

Eleonora Finkelstein -Aylan Kurdi

Eleonora Finkelstein, Mar del Plata, 19 de febrero 1960


Aylan Kurdi

¿Recuerdan a Aylan Kurdi?
¿Les dice algo ese nombre?
El niño sirio.
Boca abajo,
ahogado en la orilla
de una playa turca.
¿Ahora sí?
Ya sé que ha pasado mucho tiempo,
y que las tragedias giran rápido,
como expulsadas
desde una gran máquina centrífuga
instalada en nuestros cerebros
Es natural que no podamos retenerlas.

Bueno, si no recuerdan,
imaginen:
sus sandalias y las medias blancas
dobladas con prolijidad
sobre sus tobillos.
Pero no, un momento,
ese es otro niño que vi mucho después
y estaba vivo
caminando de la mano de alguien
en la misma playa u otra parecida.

El niño muerto llevaba ropa cómoda para el viaje:
camiseta roja, pantalones cortos…
Ahora, si no recuerdan, imaginen:
a su madre que lo viste,
lo calza, lo peina sin saber.
Alguien hoy hace lo mismo y tampoco sabe.
Pero ese es otro niño.
Un niño vivo, por ahora.

Recuerden o imaginen:
a su padre haciéndole promesas
¿Recuerdo o imagino
cómo se abrazaron y se desearon suerte
“y que Alá nos acompañe”?

De nuevo la imagen segura:
boca abajo, sobre la arena.
Sus zapatillas o las del otro niño
no puedo sacármelas de la cabeza.
Así de punta, semienterradas en la arena.
Y todos pensamos que parecía dormido.
La humanidad entera
pensó a coro la misma estupidez:
“pero si parece dormido”.
Como si alguien le hubiera contado un lindo cuento.
(Puede que en eso hayamos tenido razón).

Pero no se trata de angelitos. La sola idea
de angelitos me da náuseas.
El asunto es que hay niños vivos ahora mismo
y niños muertos ahora mismo, también.

Lejos de todo eso están ustedes
y estoy yo –mi película favorita-
No sé que estarán haciendo.
Por mi parte, escribo este poema.
Que no sé la verdad si es un poema
-tengo buenos amigos que me dirían que no lo es.
Por el asunto aquel del ritmo, las imágenes
los ripios, las metáforas, etcétera-. Todas esas cosas
de las que deberíamos ocuparnos los poetas.
Puede que en eso tengan razón,
porque algunas veces yo también
parezco dormida y un poco estúpida.
Pero, para aclarar el punto:
este no es un poema en absoluto
o es un poema realista. Eso quiero.

Veamos, entonces:
Descartando el asunto de Dios,
¿quién nos ha abandonado así, de esta manera?
A él, a ellos, a ustedes,
al vivo, al muerto, al de la foto,
al que no sale en la foto,
a tantos más muertos y a mí.
En un estado intermedio
entre la piedad y la autorreferencia.
Entre la idea del otro y la realidad física de nuestro ombligo.

Mi vida, sin dudas, es bastante buena.
 Y si bien, lo juro, no escribo esto para complacer a nadie,
(estamos claros que el bienestar
no es algo de lo que jactarse ahora)
 lo escribo porque me siento confundida
y un poco avergonzada, aunque no tengo la culpa,
no tanto por los niños muertos
(¿quién no morirá tarde o temprano?)
sino por nosotros, los que lloramos,
teletransportados por una imagen.
Lejos bien lejos de los cuerpos, los olores
y los nombres propios,
tomando cerveza, comiendo papas fritas.
Llevando una vida normal. O lo que sea.
Con toda la mierda al alcance de la mano,
pero cada vez más difícil,
más difícil de masticar y de tragar.